Miles de personas –la mayoría jóvenes– dan forma a la cultura urbana del rock, identificada por un código de comunicación muchas veces relacionado con la muerte y aún cuestionado por un amplio sector de la sociedad.
La música los une casi todas las semanas. En diversos sectores de Quito se reúnen cientos y hasta miles de personas para disfrutar de conciertos donde el género rock es la clave.
El color negro predomina en sus trajes, mientras anillos y cadenas metálicas se muestran en sus cuerpos. Unos se pintan el rostro, otros ostentan cabellos multicolores y parados (por el uso de gel), todo depende del estilo de rock que prefieran.
La clasificación del género es diversa. En la lista constan el heavy metal, hard rock, thrash metal, death mart, black metal, grindcore, punk, gótico, entre otros. Sus seguidores sostienen que la asociación a la muerte en este tipo de música es figurada y muchas veces ‘malentendida’.
“Se utiliza la muerte para decir paso a otro estilo de vida”, comenta Pablo Rodríguez, quien está vinculado a la comunidad rockera por más de diez años.
Cada año, los miembros de esta cultura urbana aumentan, una situación que es notoria en los conciertos efectuados en recintos, como la Plaza de Toros en Quito, donde llegan unas 5.000 personas, cuando se presenta algún grupo extranjero.
La asistencia es menor cuando los conciertos son con grupos nacionales. Los rockeros se quejan de la falta de espacios.