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El esperar esperanzado

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Mayo 04, 2008

P. Luis Martínez de Velasco |
Hoy celebramos el último Misterio de la vida de Jesús en esta tierra: su Gloriosa Ascensión a los Cielos.

Es un misterio estricto que jamás podremos entender con nuestra limitada inteligencia. Porque aceptar que una naturaleza humana, aunque se trate de la que asumió Dios Hijo, se encuentre para siempre en la Infinita Infinitud de Santísima Trinidad, no cabe en mente humana alguna. Solo la fe puede aferrar esta Verdad que salva. Y por eso la afirmamos en el Credo los domingos.

Mas, hoy no quiero detenerme en el Misterio. Prefiero meditar – y hacerle meditar a usted – en lo que sucedió en el corazón de los apóstoles, cuando advirtieron que Jesús, con su mirar de amor inolvidable, había ya dejado de pisar este su amado mundo.

Es de suponer que se quedaron consternados. Porque si bien el que su Humanidad se fuera al cielo, era una fuerte prueba de que la Historia de la Humanidad se hallaba ya solucionada, de su parte, aquel quedarse solos les ponía frente a frente a la tarea encomendada: predicar a todo el mundo el Evangelio, hacer discípulos a todos los pueblos, y bautizarles en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Es verdad que Jesús había asegurado –como nos dice hoy el evangelio de la misa– que les dejaría solos, que estaría con nosotros -con ellos y conmigo-  “todos los días, hasta el fin del mundo”. Pero empezar a predicar solitos, sin más bagaje que su mala pasta, y teniendo todo el mundo por delante, debió ponerles muy nerviosos.

La Virgen, Madre de la Iglesia, notó inmediatamente lo que les pasaba. Y yendo como siempre por delante, les sostuvo en la oración –según sabemos por el libro de los Hechos– durante los diez espesos días que siguieron.

Ella bien sabía lo que pasaría. Puesto que aquel Espíritu de Amor y de Verdad, cuya venida Cristo había prometido, era el mismo que la había convertido a Ella, de simple criatura, en Madre Virginal del Salvador.

Y sabiendo que también a ellos, a pesar de sus limitaciones, el Espíritu los iba a convertir en fundamentos de la Iglesia, les mantuvo orando –les hizo el esperar esperanzado– hasta el día de Pentecostés.

Este año nos coincide la Ascensión con el comienzo del mes que nosotros los cristianos dedicamos a María. Y sería buena cosa que estas letras, igual que hacen conmigo y con usted, a muchos ayudarán a esperar esperanzadamente la Pentecostés.

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