Según cuenta la leyenda, los “sucesos de mayo” —las huelgas y disturbios que convulsionaron a Francia en la primavera de 1968— comenzaron en el cine. El 9 de febrero, Henri Langlois, presidente de la Cinemateca Nacional Francesa y reverenciado padrino de la Nueva Ola Francesa, fue retirado de su puesto por André Malraux, ministro de Cultura en el gobierno de Charles de Gaulle.
Los jóvenes cinéfilos reaccionaron con indignación y sus furiosas protestas se convirtieron en una marea de descontento que inundó a la sociedad.
Tres meses después, el país estaba envuelto en disturbios, paros laborales y manifestaciones masivas. Algunas de las tradiciones más venerables parecían estar bajo ataque y, el 19 de mayo, el Festival de Cine de Cannes fue suspendido después de que un grupo de cineastas, entre ellos Jean-Luc Godard y François Truffaut, en solidaridad con estudiantes y trabajadores insurgentes, irrumpieron en el escenario del Palais des Festivals y sujetaron el telón para evitar que subiera.
Algunas de las películas de aquél malogrado festival número 21 serán mostradas, tardíamente, en Nueva York, donde el aniversario número 40 de un año singularmente tumultuoso será celebrado con dos programas que tienen como objetivo capturar, en pantalla, el espíritu de aquella era.
Redescubrir algunos de los experimentos cinematográficos de 1968 es quedar asombrado ante lo crudas, apremiantes y cautivadoramente vivas que son estas películas.
Más que cualquier otra forma de arte, el cine capturó la energía y la verdad de los tiempos. Los cineastas no solamente registraron la agitación y las crisis de la época; fueron participantes y catalizadores. Nadie lo fue más que Godard. La Chinoise es una de una andanada de películas que Godard comenzó, terminó o estrenó en 1968 y una en la que complace su gusto por los epigramas y proverbios. Uno de sus lemas proclama que con ideas vagas, necesitamos imágenes claras.
Los miembros del elenco citan textos literarios y declaman discursos didácticos, y sus intercambios se ven interrumpidos por imágenes de guerras y disturbios, tomadas de reportes de la época y documentales contemporáneos.
Godard, quien ahora tiene 77 años, fue sin duda el cineasta más imitado e intensamente debatido de los 60 y se puede argumentar sin ningún problema que fue el artista más influyente de la era, en cualquier medio. Desde Breathless, en 1960, hasta Le Gai Savoir, en 1969, él fue una máquina cinematográfica, al producir 23 largometrajes y contribuir a varias películas.
Difícilmente fue el único cineasta de la era que adoptó una concepción abierta y experimental del medio cinematográfico. Un discurso al final de Le Gai Savoir sugiere que se consideraba parte de una fraternidad internacional e informal de realizadores iconoclastas, que incluía a Bernardo Bertolucci, en Italia, y a Glauber Rocha, padre del movimiento latinoamericano del cinema novo, en Brasil.
Ver estos filmes exige una especie de atención centrada, abnegada y activa que podría ser mejor descrita como disciplina revolucionaria.
Cualquier intento para captar la esencia de los 60 tendrá que pasar por Milestones (1975), de Robert Kramer y John Douglas, filme tan triste y compasivo como el que más. Y también el más difícil, porque no parece querer ser una película en absoluto, sino más bien un intento por mantener viva una de las promesas nobles e imposibles de su tiempo, que era la de abolir la distinción entre la vida y el arte. Los personajes intentan navegar entre los compromisos políticos y los deseos personales. Los actores no profesionales alternan entre escenas de un guión y momentos de la vida real.