Los fabricantes de vino espumoso en Estados Unidos, Rusia y Ucrania pueden apropiarse del nombre Champaña para sus productos, pero un inocente fabricante de galletas en este minúsculo pueblo suizo no tiene tal suerte.
Marc-André Cornu pescaba salmón en Noruega cuando recibió la noticia. Su secretaria llamó para decirle que abogados de los distribuidores suizos de la champaña francesa habían escrito para informarle que ya no podía usar el nombre de marca que su familia había utilizado desde los 30. Tres generaciones, desde su abuelo, habían etiquetado sus productos horneados “de Champaña”, en honor a su aldea suiza, engarzada entre los viñedos que se extienden al norte desde las orillas del lago de Neuchâtel.
En 1998, Suiza llegó a un acuerdo con la Unión Europea que permitió que su ex línea aérea Swissair, hiciera escalas en ciudades de la Unión Europea. A cambio, Suiza, que no es miembro de la unión, acordó prohibirles a los habitantes de Champaña, con una población de 710, usar el nombre del pueblo en sus productos.
Mediante este acuerdo, los europeos cumplían los deseos de Francia, siempre vigilante respecto a defender la integridad e identidad de la champaña. Pero esa vigilancia no se ha extendido a amenazas provenientes de países grandes.
En 2001, Swissair quedó en bancarrota, y su sucesor, Swiss International Air Lines, es propiedad de la línea alemana Lufthansa.
Sin embargo, ahora Cornu, de 46 años, y su compañía de productos horneados, que da empleo a unas 80 personas, entre ellas sus hijos, se arriesga a una multa si invocan el nombre de su pueblo. Corren el mismo riesgo los fabricantes de vino de la aldea, quienes en los mejores años antes de la prohibición vendían unas 110.000 botellas de su vino ligero y no espumoso, pero ahora, sin la etiqueta Champaña, han visto sus ventas reducirse en un 70%.
Los aldeanos han organizado manifestaciones para llamar la atención a su situación. “Nuestra meta no es ser los Bin Laden del vino, ser terroristas o ideólogos”, dijo Albert Banderet, de 59 años, ex alcalde que se dedicó al cultivo de las uvas hasta que entró a la administración pública y dejó los viñedos en manos de su hijo. “Sin embargo, el vino es una realidad aquí”.
Los franceses afirman que luchan por proteger la Apelación de Origen Controlado, complicada certificación que autentifica el contenido, método y origen de un producto agrícola francés.
“¿Por qué vale tanto para nosotros?”, preguntó Daniel Lorson, vocero del Comité Interprofesional de los Vinos de Champaña, grupo de la industria en Épernay, Francia.
“Para impedir que se convierta en un nombre genérico. Es por eso que libramos diariamente la lucha”.
Lorson afirmó que no fue su comité el que desató la disputa. Hace unos años, un vinatero suizo vendió unas 3.000 botellas de vino bajo el nombre Champaña a una cadena de supermercados francesa. Una agencia antifraude, que inspecciona tiendas de alimentos, las reportó.
En el 2004, el último año en que los aldeanos pudieron usar “Champaña” en las etiquetas de su vino, vendieron 110.000 botellas. Para el año pasado, las ventas se habían desplomado a 32.000.
Cornu acusa a los franceses de ser unos aprovechados con la diminuta Suiza.