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Mayo 04, 2008

El dinero hace la felicidad, aunque no la garantiza

Cierta instintiva espiritualidad humana cree que el dinero no puede comprar la felicidad. Durante más de treinta años, la idea de que el crecimiento económico no necesariamente conducía a una mayor satisfacción fue una teoría dominante.

En 1974, el economista Richard Easterlin publicó un estudio en el que afirmaba que, aunque la gente que vive en países pobres sí se siente más feliz cuando logra cubrir sus necesidades básicas, después de eso las mayores ganancias sólo hacen que las personas deseen tener más. El ingreso relativo (cuánto se gana en comparación con quienes nos rodean) tiene más importancia que el ingreso absoluto, escribió entonces Easterlin.

Su estudio pronto se convirtió en un clásico de las ciencias sociales y se lo citó en publicaciones académicas y medios populares.

Después de la Segunda Guerra Mundial, la economía japonesa experimentó uno de los booms más impresionantes de la historia. Entre 1950 y 1970, la producción económica per cápita se multiplicó por siete. En apenas unas décadas, Japón dejó de ser un país devastado por la guerra y se convirtió en uno de los países más ricos del mundo.

Sin embargo, los ciudadanos japoneses no parecían estar más satisfechos con su vida. Según una encuesta, el porcentaje de personas que dieron la respuesta más positiva posible respecto de la satisfacción con su vida se redujo desde fines de los años 50 hasta principios de la década del 70. Eran más ricos, pero no más felices.

Ese contraste se convirtió en el ejemplo más famoso de la tesis de Easterlin, entonces economista de la Universidad de Pennsylvania. Pero ahora, esa teoría que se conoce como la paradoja de Easterlin es blanco de críticas.

En Brookings Institution, un instituto de políticas e investigación independiente de Washington, dos jóvenes economistas presentaron hace poco una refutación de aquella paradoja.

En ese trabajo, Betsey Stevenson y Justin Wolfers sostienen que el dinero tiende a producir felicidad, aunque no la garantiza.

Destacan que en los 34 años que pasaron desde que Easterlin dio a conocer su teoría, distintas encuestas permitieron examinar mejor la cuestión. “El mensaje central”, dice Stevenson, “es que el ingreso importa.”

En todo caso, señalan Stevenson y Wolfers, el ingreso absoluto parece tener más importancia que el relativo. En los Estados Unidos, aproximadamente un 90% de los hogares que tienen un ingreso de por lo menos 250.000 dólares por año se consideran “muy felices” según una reciente encuesta Gallup.

En los hogares cuyo ingreso está por debajo de los US$ 30 mil, sólo el 42% de sus miembros dio la misma respuesta. Sin embargo, los datos internacionales de las encuestas indican que quienes ganan menos de US$ 30 mil no serían más felices si vivieran en un país más pobre.

La anomalía japonesa tampoco es del todo lo que parece a primera vista. Stevenson y Wolfers analizaron viejas encuestas gubernamentales y descubrieron que la pregunta había cambiado en el transcurso de los años. A fines de los años 50 y principios de los 60, la respuesta más positiva de los encuestados era: “Si bien no estoy extremadamente satisfecho con la vida, lo estoy en términos generales.” Pero en 1964 la respuesta más positiva pasó a ser: “completamente satisfecho”. No es extraño que se haya reducido el porcentaje de personas que daban esa respuesta.

Easterlin, que en la actualidad trabaja en la Universidad del Sur de California, coincide en que quienes viven en países más ricos se sienten más satisfechos. Pero se muestra escéptico respecto de que la prosperidad sea el motivo de su satisfacción. Se convencería, dice, si la satisfacción hubiera aumentado de forma evidente en cada país, a medida que prosperaba. En algunos lo hizo, pero en otros –sobre todo en EE.UU. y China– no fue así.

Stevenson y Wolfers admiten que la información sobre cada país año a año es confusa. Sin embargo, advierten que la satisfacción aumentó en ocho de los diez países europeos de los que hay datos de encuestas desde 1970. También creció en Japón. Y, podría no haber aumentado en EE.UU. porque allí, últimamente, no hubo un gran incremento salarial.

El crecimiento económico no sólo hace más ricos a los países en un sentido materialista. También permite solventar investigaciones científicas que derivan en una vida más larga y saludable, y también decidir trabajar menos y dedicar más tiempo a los amigos.

La prosperidad es muy conveniente. A juzgar por el mapa que fuimos trazando, los habitantes del mundo parecen coincidir.


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