La noticia de que el escritor Javier Marías se convirtió en flamante miembro de la Real Academia Española de la Lengua el día domingo pasado, me pone a pensar en la nuestra. ¿A qué se dedica la Academia Ecuatoriana que hace rato no escuchamos nada sobre ella? ¿Cuáles son sus actividades permanentes? ¿Qué aporta a la comunidad? Bueno sería que en tiempos de sacudimiento del árbol cultural de este país, esta preclara institución también se incorporara a los proyectos de renovación y dinamismo que parecen multiplicarse, o al menos, ponerse a la vista como auténticas demandas de la sociedad en general.
En materia de idioma, la relación del usuario –hablante, decimos– es doble: con la casa central que constituye la sede madrileña de la venerable institución cuyo papel se sigue sosteniendo bajo el lema “limpia, fija y da esplendor” y con la agencia nativa, que en nuestro caso reside en Quito y de la que acusamos un largo silencio. La primera ha emprendido algunas hazañas de fácil y reciente memoria: reuniones memorables (las dos últimas en América Latina; Argentina, donde se homenajeó a Sábato; Colombia, donde se plegó al reguero de gloria hacia García Márquez), el ofrecimiento de la gran gramática española que verá la luz, tal vez, a fines del 2008 y que es producto de largos años de esfuerzo. Su sistema de consultas por internet funciona a la perfección: es cosa de escribir y máximo a las 48 horas, el solicitante recibe una respuesta muy bien documentada.
Desconozco si es la distancia de la capital o la falta de atención de los medios, la razón que nos priva de conocer las actividades de nuestra Academia de la Lengua. Estoy dispuesta a admitir que es falla mía la falta de información, sin embargo, los maestros, los usuarios cuidadosos del idioma materno de mi contorno (que felizmente todavía hay y en buen número), tampoco gozan del conocimiento de esa labor. Entiendo, por ejemplo, que la casa matriz expide periódicamente boletines que dan cuenta de los términos de reciente admisión. ¿En este punto también habrá que acudir a internet? Tal cosa, no excusaría la contribución de nuestra agencia.
Vuelvo al dato sobre Marías, escritor prolífico y de gran acogida en Europa, no tanto en nuestro medio, y leo que su discurso de ingreso ha versado tanto sobre el papel social de las novelas como ha recordado al insigne varón que ocupara el sillón que ahora se le delega, nada menos que el de Fernando Lázaro Carreter. Y su elogio da en el blanco de lo que, implícitamente, estoy pidiendo a la Academia Ecuatoriana, porque lo que más valora en ese viejo académico –bajo cuyo libros e ideas lingüístico-literarias yo me eduqué– es el remozamiento al que condujo a la Academia Española en el periodo en que fue su presidente. La agilidad en la emisión del Diccionario, sin miedo a integrar nuevos vocablos, la puesta al día de una institución que olía “levemente a rancio”, dice Marías, se la debe a Lázaro. Desde entonces, España ha buscado acercamiento con los países hispanohablantes para cumplir su papel de vigilante y preservadora del acervo lingüístico español, sin caer en chauvinismos ni ejercer tutelaje subordinante.
Por eso, contemos con la Academia de allá o de acá, amigos lectores, con la que más nos enseñe.