viernes 02 de mayo del 2008 Columnistas

Una pareja extraña en la selva

Están cortando a machetazos la selva tropical amazónica que McMeekin y Kunchikuy atesoran, junto con otras en todo el mundo. Ya no existe más de la mitad de las selvas tropicales del mundo y cada segundo de cada día  se destruye otro tramo del tamaño de un campo de fútbol americano.

Douglas McMeekin era un hombre de negocios fracasado en Kentucky   y Juan Kunchikuy, un cazador en un recoveco remoto de la selva tropical del Amazonas que mataba monos, venados y jabalíes con una cerbatana y dardos envenenados.

Ahora, este par insólito ha unido fuerzas en una campaña asombrosa para salvar la selva tropical, “los pulmones de la Tierra” que absorben el carbono que arrojamos. De todas las luchas para combatir el cambio climático, esta es una de las más quijotescas e inspiradoras.

Están cortando a machetazos la selva tropical amazónica que ambos hombres atesoran, junto con otras en todo el mundo. Ya no existe más de la mitad de las selvas tropicales del mundo  y cada segundo de cada día se destruye otro tramo del tamaño de un campo de fútbol americano.

McMeekin, ahora con 65 años, no empezó como un ambientalista, sino como un empresario en un pequeño negocio que era toda una mescolanza de cosas en Lexington, Kentucky, y empleaba unas 50 personas. Se fue a la bancarrota en la recesión de 1982.

Adolorido y desilusionado, decidió irse lejos: a Ecuador, donde al final encontró trabajo en la Amazonía como enlace entre las compañías petroleras internacionales y las tribus indígenas. Llegó a querer a la gente y dio el corazón por ella.

En la escuela, McMeekin padeció por una dislexia no diagnosticada. “Solo era ‘un niño tonto’, y llevar esa carga es difícil”, recordó. El estigma creó una empatía con los nativos amazónicos, a los que los fuereños menospreciaban por considerarlos lentos y retrasados por no ser instruidos.

McMeekin inició la Fundación Yachana en 1991 para promover la educación entre los nativos, y en el curso de sus viajes en canoa (hay pocos caminos en la región) conoció a Kunchikuy, entonces un niño que vivía en un conjunto de chozas a cinco horas caminando desde cualquier otra aldea. Kunchikuy y su familia eran seminómadas, hablaban una lengua tribal poco conocida (su nombre verdadero es Tzerem, pero el funcionario ecuatoriano que elaboraba su acta de nacimiento lo convirtió en Juan). Sobrevivían en gran medida con la caza con dardos remojados en curare en la punta, un veneno preparado por ellos mismos.

Kunchikuy era uno de doce hermanos, de los cuales cinco murieron en la infancia. Uno de sus abuelos murió por las lanzas en una guerra contra una tribu rival; el otro adornaba su casa con las cabezas encogidas de los enemigos a los que había matado.

En ese entonces, en 1995, McMeekin estaba construyendo un alojamiento ecológico en la selva para turistas estadounidenses, para financiar su sueño de promover la educación para los lugareños. Así es que invitó al muchacho a trabajar y estudiar. A los 17 años, Kunchikuy abandonó su bolsa en la selva tropical por primera vez, y encontró maravillas como zapatos, electricidad, agua corriente, teléfonos y coches.

Pronto resultó obvio que Kunchikuy tenía una mente de primera, así es que McMeekin patrocinó su educación, así como una visita con hospedaje con una familia en Boston, donde en el invierno se encontró con una sustancia blanca y extraña que estaba muy fría. En su idioma tribal, el shiwiar, no existe una palabra para nieve, hielo, congelado o nada que sea muy frío. Así es que a su retorno se le dificultaba explicarles a sus amigos que su familia anfitriona lo había llevado a patinar en hielo y deslizarse por la nieve con una tabla.

Kunchikuy ahora habla muy bien el inglés, además de los otros idiomas –shiwiar, español, quechua, achuar y shuar, por no mencionar su maestría en el llamado a monos y pájaros en la selva–. Se volvió naturalista y guía en el alojamiento ecológico de 18 habitaciones de la Fundación Yachana, adonde llegan los turistas tras un viaje en canoa de tres horas.

Ahora con 30 años, Kunchikuy señala la vida silvestre a los turistas estadounidenses y demuestra que las larvas pueden ser sabrosas. También exhibe su impresionante colección de cicatrices: desde las que le dejaron murciélagos vampiros, una piraña, un caimán, una raya, hasta la que le hizo un chamán que le operó el pecho para bloquear la magia negra de otro chamán. En su tiempo libre demuestra cómo disparar con una cerbatana.

“Tiene un rango de hasta 150 pies”, explicó. “Es mejor que un arma de fuego porque no hace ruido. Se puede disparar en repetidas ocasiones si se falla la primera vez”. (Estén pendientes en nytimes.com en los próximos días para ver un video de Kunchikuy usando su cerbatana para darle a una papaya colocada sobre mi cabeza, pero no le digan a mi esposa).

No obstante, se están reduciendo las tradiciones con las que creció, con un gran parecido a lo que sucede con la selva tropical. Los taladores ilegales están mermando inexorablemente la Amazonía, robándole al planeta la biodiversidad y un lugar enorme de absorción de bióxido de carbono que absorbe nuestras emisiones de gases invernadero. Encima de eso, la deforestación en sí misma, incluida la roza y quema, representa 20%  de las emisiones mundiales de bióxido de carbono, la misma cantidad que produce Estados Unidos o China. Varias investigaciones declaran que la fruta al alcance de la mano en la guerra contra el cambio climático mantiene vivas estas selvas.

En mi siguiente columna les contaré sobre cómo McMeekin y Kunchikuy están haciendo justo eso.

The New York Times News Service
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