En realidad el dios es la vid, el vino su sangre, pero no vayan ustedes a recordar el desenfreno, las orgías, la intemperancia delirante, hasta los crímenes que caracterizaban a las bacanales.
En Mendoza, argentinos y turistas celebran con cultura encomiable aquella fecha en que se recoge la uva, se la prensa, transforma en la más sagrada bebida. El vino tiene mucho que ver con religiones, entre ellas el judaísmo, el cristianismo: la Última Cena se convierte en su máxima sublimación.
Viví aquellas fiestas invitado por Trapiche, lo que me permitió participar activamente en la recogida de uvas en compañía de profesionales del mercadeo llegados de todas partes del mundo. El grupo ecuatoriano tuvo el orgullo de ganar delante de los Estados Unidos el concurso organizado para saber quiénes lograrían recolectar la máxima cantidad de racimos. Luego pude paladear el mosto (zumo de la uva antes de fermentar), ver correr el flujo rojo violáceo hacia los tanques de almacenamiento. De ahí degustaciones múltiples, comparación entre diversas cosechas, cepas. Se destacaron un Sauvignon Blanco del 2008, frutado, fresco con su típico aroma de “pipi de gato” (así como suena) que lo vuelve fácil de identificar en cualquier cata a ciegas, un Pinot Negro (los esnobs dicen Pinot Noir) de incomparable sutileza. Pudimos notar coherencia, estilo propio entre los productos probados. Está la mano de Daniel Pi, enólogo estelar de la empresa con quien tuve el gusto de conversar largamente. Le pregunté cuántas mezclas de cepas, experimentos, había llevado a cabo para lograr un espumante considerado en Francia entre los diez mejores del mundo (estoy hablando de espumantes, no de champañas). Se rió, dijo que fueron tantas que ni siquiera podía recordarlas: “Al final optamos por unir Chardonnay, Semillon y Malbec”. Recordé que el Pinot Meunier, infaltable en el champán francés, no se adapta al clima argentino.
Hubo celebraciones de todo tipo durante varios días, pero la Gran Fiesta de la Vendimia se llevó a cabo en un teatro al aire libre capaz de recibir a veinte mil personas. Estuvo totalmente copado aquella noche. Imaginen un sitio como El Cajas con escenario central de cien metros de ancho, treinta de altura, varios pisos escalonados con más de seiscientos bailarines representando la presencia del vino en la historia, la llegada de los inmigrantes, la importancia de la música, interminables juegos pirotécnicos, elección de la reina, gente regada en los cerros circundantes. Los espectadores traen su fiambre, su botellita de vino, reina una gran hermandad. Resultó estremecedora, dramática, la prestación de una pareja bailando tango en la laguna ubicada delante del escenario.
El vino representa una cultura. Quienes cuidan durante años la evolución en barricas merecen respeto. Del vino se habla con sencillez, se lo comparte sin poses. Se educa el paladar como se forma la vista frente al arte, el oído para la música, el ritmo para la danza. La Fiesta de la Vendimia, con el entusiasmo que despierta por doquiera en la ciudad de Mendoza, es himno a la vida, la naturaleza, el sol, la lluvia, fenómeno milagroso que permite lograr cada año el prodigio de la cosecha.