Esta palabra es casi una aberración en nuestros tiempos y se la vincula exclusivamente a los niños. Pero Saint Exupéry no se dirigía a ellos cuando escribió su obra maestra. Su héroe nos hablaba a todos: a una sociedad mundial estremecida por el materialismo y las guerras.
Walt Disney se movió también en escenarios parecidos cuando desarrollaba sus pequeños e inventivos personajes en medio de un país que salía de la tremenda recesión de los años treinta. Blancanieves (1937), Pinoccio (1940), Bambi (1942) unieron a chicos y grandes en películas que parecían dirigidas a los niños, pero en las cuales los papás se divertían más que ellos. Esta fórmula se ha mantenido durante varias décadas y ahora parece reactivarse de manera especial dos meses antes de la llegada de Wall-E, una cinta que podría ser –y esto es un vaticinio prematuro– la nueva odisea espacial para los que vivimos las tragedias de la contaminación global en el nuevo milenio.
El principito revoloteaba en mi cabeza mientras se proyectaban treinta minutos de Wall-E en un auditorio con las últimas tecnologías de proyección de la Universidad de Nueva York hace pocos días. El evento de Disney convocó a más de 700 invitados de la prensa mundial para ofrecer una visión de los estrenos inmediatos y los proyectos animados hasta 2012. Además de los directivos de Disney, el conductor en el escenario era John Lasseter, director creativo de los estudios de animación de Disney y Pixar, la empresa que trajo Bichos, Monsters Inc, Buscando a Nemo y otras.
"Hemos rebuscado en nuestro pasado para enfatizar caracteres memorables con realizadores que se apasionan con su trabajo", dijo Lasseter. Por eso no estaba allí Andrew Stanton, director de Wall-E, porque lo detuvo una agenda de "24 horas diarias" de posproducción. Si la inocencia que destila el nuevo héroe robótico de Disney se conecta con alguien no es exactamente con los protagonistas de las películas más recientes de Disney. Quizás por lo súbito del viaje a Nueva York –una ciudad referente en los escenarios de la nueva película– lo que Wall-E nos deja es la sabiduría de aquellos seres privilegiados que nos contagian de sus más íntimos sentimientos: compañerismo, ternura, solidaridad. Todo lo que es difícil de descubrir en las grandes urbes y en las grandes pantallas de los malls.
Wall-E es un pequeño robot, programado eternamente para reciclar y ordenar la basura en un despoblado planeta Tierra en el año 2700. En este tétrico horizonte urbano, el mundo se ha convertido en un inmenso basurero y este tractorcito mecánico con ojos de lata muy parecidos a los de E.T. solo existe para amontonar los desechos que quedan. Los seres humanos han viajado a otros planetas y la mejor amiga de Wall-E es una cucaracha traviesa. Lo que viene después es la nueva odisea espacial del 2700: la llegada de una nave con unos seres únicos –también robóticos– donde hay una Eva que seduce a
Wall-E y lo arrastra a una aventura cósmica.
Lo inusual de capturar esto en treinta minutos y de remontarme a El principito con un robot de Disney tiene que ver con algo de esa esencia invisible que hablaba Saint Exupéry. No hay diálogos en Wall-E –al menos en estas secuencias– pero lo que se comunica es vital y si el mundo está a punto de terminarse pues aquí resurge la única magia rescatable: la de seres que viven para descubrir sus propios valores.