Es un ejercicio simple pero con un profundo significado: se toma en la mano un pequeño objeto de metal, que puede ser una moneda, una llave o una tapilla de botella. Se lo frota con los dedos con el propósito de que el metal absorba nuestra energía negativa, para luego arrojarlo dentro de la enorme vasija de unos dos metros de diámetro. Es un ejercicio simple, sin embargo, algún turista despistado pensó que se trataba de un pozo para ofrendas, porque en medio de los centenares de objetos metálicos se observa un billete de $ 10 que seguro cayó a modo de propina.
Los occidentales solemos ponerle precio a todo, pero en el Templo del Arte el valor monetario se extingue a cambio de otras riquezas: el orgullo por nuestros antepasados, el bienestar del alma, el conocimiento ancestral y el respeto por la naturaleza. El artista plástico Cristóbal Ortega (1965) levantó este edificio como un tributo a sus antepasados, por lo que lo ubicó en un sitio considerado sagrado, a diez minutos del monumento a la Mitad del Mundo.
La estructura tiene tres pisos. La planta baja exhibe en sus corredo-res cerámicas de las culturas precolombinas, muchas de las cuales han permanecido en la familia de Ortega por generaciones. Los pasillos circulares llevan al visitante a un salón central y circular con un inmenso reloj solar dibujado en el piso, en cuyo centro se asienta la vasija donde los creyentes dejan su energía negativa en objeto metálico. Y a un costado se muestra un trono inca con una imagen de Atahualpa y otros objetos relacionados con ese periodo.
La segunda planta exhibe las obras de Ortega, artista quichua nacido en la comunidad de Collocoto, cerca de Quito, y reconocido internacionalmente por su técnica de pintar con las manos, por lo que Donald Trump lo contrató para que hiciera un mural durante un evento del Miss Universo 2004, celebrado en Ecuador.
Mientras que la tercera planta está dispuesta para la exhibición de los trabajos de otros artistas interesados en llevar su obra a este lugar que, como si se tratara de un momento divino, luce realmente sagrado cuando desde la terraza se observa la niebla deslizarse como una cobija blanca que arropa apaciblemente a la montaña.
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