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Edición del DOMINGO 27 de Abril del 2008 EL UNIVERSO inicio e-mail
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El guía, el naturalista y el tallador
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Entre el nogal y el barniz

Texto: Alexis Gómez

Tres personajes nos cuentan de su vida en un “paraíso” a más de 1.000 kilómetros de la Costa ecuatoriana, Galápagos.

Moab Villagómez
De mote y coco
En Ecuador hay gente con características tan autóctonas que se hace sencillo y divertido adivinar a qué parte del país pertenecen. Sin embargo, han transcurrido veinte minutos de la entrevista y todavía no es sencillo atinar de dónde es Moab Elgin Villagómez, uno de los guías turísticos más conocidos de la isla.  “Nací aquí en Puerto Ayora (Santa Cruz) en 1972”, responde. ¿Por qué tiene rasgos  serranos y costeños? “Es que soy de mote y coco. De padre riobambeño y madre esmeraldeña. Imagine entonces cómo salí yo”, comenta a carcajadas este hombre bronceado de sonrisa constante.

Personaje de “nombre inventado”, es soltero, padre de un niño de 5 años que es su adoración. Realizó sus estudios en Guayaquil desde los 8 años y a los 19 regresó al Archipiélago a emprender su primer trabajo como guía sin licencia, ofreciendo sus servicios a hoteles. Jamás había cursado estudios de turismo, pero aseguraba conocer “hasta el último huequito” de su tierra.

Nada, bucea, pesca, cocina, negocia, guía, patrocina, arrienda, canta, en fin, Moab es de los que se jacta –con fundamentos– de saber hacer de todo o como dice la frase, si algo no  conoce, lo busca, lo investiga o se  lo inventa.

Como buzo experimentado se confiesa un fanático del mar y de sus especies. Del mar vive, porque allá lleva a los visitantes de  Puerto Ayora en su fibra ultrarrápida (embarcación pequeña),  y al mar va cada minuto que tiene libre.

Hoy ha popularizado también la pesca recreativa (el animal es lanzado nuevamente al mar), organizando certámenes con nacionales y extranjeros que buscan afinar su técnica. No obstante, para quienes desean degustar mariscos en alta mar, él enseña  a pescar y a preparar el “manjar más fresco del mundo”, el glorioso cebiche.

Entiende perfectamente a los extranjeros, mas su inglés es de oído, de muelle, no un bilingüe de aula.  Dice que a veces “le coge la isla”. Que la adora, que la cuida, pero que hay días en    que quisiera salir corriendo de ella y regresar a Guayaquil.

Mira a su alrededor. Nuestra  conversación culmina. Son casi las 22:00 de un lunes. Los pocos caminantes nativos lo saludan. “Ya vayan a descansar para que puedan madrugar”, advierte, “aquí las cosas más lindas se ven con la luz del día”.

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