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Edición del DOMINGO 27 de Abril del 2008 EL UNIVERSO inicio e-mail
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Jacinto Heras
Entre el nogal y el barniz
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No trabaja con moldes. Tiene la iguana grabada en la retina. También el tiburón, el galápago, el piquero y el lobo marino. Acostumbrado a ir a los parques y  muelles a delinear  visualmente la figura de estos animales,  Jacinto Heras  aprendió a memorizarlos y a tallarlos en madera, plasmando hasta el mínimo detalle de sus picos, sus patas, escamas, arrugas y caparazones.

Es uno de los artistas artesanales más importantes del Archipiélago, ganador del Primer concurso de tallados organizado por el Municipio de Puerto Ayora, con su obra Refugio de las iguanas.

Aprendió de coincidencia el oficio. La necesidad de conseguir empleo lo hizo seguir a su primo Édgar Garcés, otro tallador, hasta Puerto Ayora. Quería tallar coral negro (hoy prohibido), madera (solo de plantas invasoras de las islas), dar forma a cualquier superficie con tal de expresar su arte.

Nació en Pucará, provincia del Azuay, y tiene veinte años viviendo en Galápagos.  Casado con Mercedes, una  gentil ambateña, es padre de tres adolescentes que al parecer no pretenden continuar con el oficio de su padre. “Ellos quieren seguir otro camino y está bien, yo los apoyo”, comenta.

Sus manos tienen decenas de marcas  de las cuchillas con que talla, cicatrices unas más acentuadas que otras. En cinco ocasiones tuvieron que cogerle puntos. Las otras veces bastaba  con untarse un polvito de esos que “secan cualquier herida”.  Para él, las cortadas son lo de menos cuando se trata de disfrutar lo que hace.

Jacinto es  descomplicado. Varios de sus trabajos están regados en el piso, dentro de cajas y sobre las mesas de su taller. Explica que están en bruto, sin terminar, mas  con una pequeña sacudida lucen terminados y con finos acabados, pero según él, falta mucho para terminarlos, para dejarlos perfectos como aquellos joyeros en forma de galápagos sin pintar, elaborados en nogal y crudo, que exhibe en su sala.

Su esposa atiende su local de artesanías en la calle Charles Darwin, mientras él prefiere salir a admirar especies animales todo el día o enclaustrarse en el taller de la planta alta de su casa. Confiesa con cierta timidez que allí se siente mejor, entre los trozos de nogal y el brillo del barniz.

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