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Edición del DOMINGO 27 de Abril del 2008 EL UNIVERSO inicio e-mail
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Philippe Degel
Felipe y el mar
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¿Cómo contactamos a un señor de apellido Degel que vive desde hace 30 años en Galápagos? “Sí, dígame, yo soy”. Pero es que buscamos a un europeo:  “Sí, yo soy ese extranjero que vino de Bélgica hace 37 años, casado con Ana Lucía y padre cinco chicos”.

Con un perfecto, realmente perfecto español, Philippe Degel Dewil  da la bienvenida. Pareciera que hablara español desde la cuna. Incluso es estudioso de los diccionarios de la Real Academia de la Lengua española, de  los modismos ecuatorianos, de la historia fluvial de Guayaquil, del pasado de Galápagos, de los que pasaron de largo y de los que echaron raíces en las islas.

Vive frente al muelle de Puerto Ayora,  en Ayucuna, que en quichua significa familia. Es su casa propia y es de todos. Es su sala privada y es de todos. Es su patio, su mesa, sus árboles, sus perros callejeros, sus cuadros, y todo es de todos, o al menos de quien visite su casa.

Un sitio cálido  anclado en el pasado, donde  la luz nocturna proviene mayormente de las velas, el repelente de insectos del palo santo, el jugo de tomate de árbol del huerto y el pan de las manos de Anita, su esposa. La decoración es reciclaje puro.  La sala y el patio son uno solo, separados por una lona y por varios troncos con recuerdos de los cientos de viajes realizados.

Y es que describir Ayucuna (así bautizó su casa) es describirlo a él. Un belga al que los nativos llaman Felipe por ser la derivación de Philippe = Filip, por ende, Felipe. Alto, grueso,   hombre de 50 años de barba espesa, quiso construir para su familia un entorno ideal.

A menudo tiene visitantes que buscan  el entorno natural de Galápagos,  a quienes hospeda en un cuarto adjunto al suyo. No vive del arriendo, sin embargo, por un monto módico, los lleva a recorrer Santa Cruz mientras sus hijos juegan con los hijos de sus huéspedes y les muestra imágenes de historias urbanas del archipiélago.

Confiesa que se enamoró de las islas a primera vista, cuando intentaba convencerse de que era un marinero.  Vomitaba tres veces al día a bordo de un Buque de la Armada Ecuatoriana,  pero aún seguía convencido de que era un marinero. Vivía en Guayaquil, pero viajó por años a las islas, hasta convencerse de que sí era un marinero, un buzo, un “amante del mestizaje”, del español y de la naturaleza que en su peculiar  hogar preserva.

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