Al atardecer, mientras el aire se comenzaba a enfriar y las bestias salían de las sombras, K. Ullas Karanth manejó a través del Parque Nacional de Nagarhole, al sur de India. De pronto, Karanth se quedó inmóvil. “Tigre, tigre”, susurró.
Frente a él, un gran tigre macho cruzaba el sendero. Se detuvo para dirigirle una mirada al jeep y luego continuó su paseo.
La investigación de Karanth, biólogo que dirige el programa indio de la Sociedad de Conservación de la Fauna Silvestre, sugiere que ese parque y su reserva natural vecina son hogar de una de las concentraciones más grandes de tigres del mundo. Hacer que este hábitat sea saludable para el tigre es un éxito que ha tardado 20 años, con los funcionarios forestales expulsando a cazadores y leñadores e intentando reubicar a cientos de familias que viven ahí.
Todo ello ha despertado una interrogante para esa atestada nación de 1.100 millones de habitantes: ¿qué precio debe pagar India para salvar sus bosques en rápida disminución y para quién hacerlo: un animal de trofeo como el tigre, o sus habitantes originales?
Ese debate ha adquirido urgencia gracias a una disputada ley que entró en vigor este año, que otorga derechos sobre la tierra a quienes viven desde el 2005 en el bosque.
Los partidarios de la gente del bosque acogieron la ley como una compensación muy demorada para las comunidades a las que se les negaron los derechos a su dominio tradicional desde la era colonial británica. Los conservacionistas la vieron como una amenaza a la fauna silvestre en vías de extinción.
Karanth insiste en que la presencia humana produce “usos humanos incompatibles”, como la tala, la recolección de productos forestales y la caza. A final de cuentas, el Gobierno incluyó en la ley de derechos sobre la tierra una medida que permitía la expulsión de asentamientos de áreas consideradas “hábitats críticos de fauna silvestre”, aunque con el consentimiento explícito de los habitantes. Pero el acuerdo dejó inconformes a ambos bandos.
Con ayuda de Karanth, los funcionarios del parque han expulsado a cazadores furtivos, tomado medidas contra el pastoreo de ganado y reubicado a los lugareños. Hoy, hay tantos jabalíes y venados en el parque, de 400 kilómetros cuadrados, que Karanth lo llama un “supermercado” para tigres. Sus investigaciones indican que hay entre 60 y 80 tigres. “Es un gran lugar para nacer tigre”, dijo.
Sin embargo, quizá no sea un lugar tan bueno para ser humano. Algunas familias dejaron el bosque por su cuenta hace años porque ya no podían ganar su sustento ahí. Otros se fueron cuando el Gobierno ofreció tierras en otros lugares.
También están los que se niegan a irse. “Somos nosotros quienes le dimos vida a este bosque”, dijo bruscamente un anciano llamado Kanchan, quien pertenecía a una tribu de recolectores de miel.
La experiencia de Nagarhole en los últimos 20 años indica que el problema no es si los lugareños deben abrirle paso a la fauna, sino más bien si el Gobierno les puede ofrecer una vida mejor con tierra, agua y trabajo.
J.S. Bharati nació hace más de 30 años en el desaparecido pueblo forestal de Kanthur. Su familia cultivó arroz y mijo hasta que los funcionarios forestales prohibieron la agricultura.
La familia se mudó a un nuevo grupo de casas de barro y paja dentro del parque.
Hoy, ella y su hermana Bagya sólo cultivan una pequeña parcela de calabazas y frijoles en su jardín. El esposo de J.S. Bharati es trabajador social en un poblado a las afueras del parque. Bagya trabaja en una finca cafetalera cercana. No pueden pagar la renta de una casa fuera del parque.