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Paulo Coelho | Especial para EL UNIVERSO |
Persiguiendo la perfección
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Al inicio de la era cristiana, un grupo de monjes resolvió retirarse al monasterio de Sceta, en Alejandría. Sus historias (algunas de las cuales ya he traído a esta columna) se conservan hasta nuestros días en una obra llamada  Verba Seniorum,  que quiere decir “La palabra de los Antiguos”. Transcribo a continuación algunos textos que nos hacen pensar sobre la búsqueda de lo imposible, de la perfección.

¿Cuál es el mejor camino?
Cuando le preguntaron al abad Antonio si el camino del sacrificio conducía al cielo, este respondió:

–Existen dos vías para el sacrificio. La primera es la del hombre que mortifica su carne, y hace penitencia, porque cree que estamos condenados. Este hombre se siente culpable, y se juzga indigno de la felicidad. En este caso, la persona no llega a ninguna parte, porque Dios no vive en la culpa.

»La segunda vía es la del hombre que, aun sabiendo que el mundo no es perfecto como a todos nos gustaría, no deja de rezar, ni de hacer penitencia, y ofrece su tiempo y su trabajo para mejorar el ambiente que lo rodea. En este caso, la Presencia Divina lo ayuda continuamente, y la persona logra resultados en el cielo.

El trabajo de la labranza
El muchacho atravesó el desierto y llegó finalmente al monasterio de Sceta. Una vez allí, solicitó presenciar una de las charlas del abad, y obtuvo permiso para ello.

Aquella tarde, el abad reflexionó sobre la importancia del trabajo de labranza. Al final de la charla, el muchacho le comentó a uno de los monjes.

–Me he quedado muy impresionado. Pensé que escucharía un sermón iluminado sobre las virtudes y los pecados, y el abad solo hablaba de tomates, irrigación y cosas por el estilo. En el lugar de donde vengo, todos creen que Dios es misericordia, que basta con rezar.

El monje sonrió y respondió:

–Aquí nosotros pensamos que Dios ya hizo su parte, y que ahora nos toca a nosotros continuar el proceso.

Me muero de hambre
En plena tempestad de arena, el viajero llegó al monasterio.

–Me muero de hambre, necesito comer algo.

Resulta que, justo ese día, la tempestad les había impedido a los monjes reabastecer la despensa, y no había absolutamente nada para comer o beber.

Compadecido, el abad abrió el sagrario, sacó las sagradas formas y el cáliz de vino, y se lo ofreció todo al extraño para que pudiera alimentarse.

Los otros monjes se horrorizaron:

–¡Eso es sacrilegio!
–¿Por qué sacrilegio? –respondió el abad–. Vosotros ya habéis oído hablar de David, que se comió el pan del tabernáculo cuando pasó hambre. Y Cristo curaba en sábado siempre que era necesario.

»Yo apenas he puesto el espíritu de Jesús en acción: ahora el amor y la misericordia pueden hacer su trabajo.

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