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| Dios y yo |
La preparada estancia |
Abril 20, 2008
¡Qué bien que nos conoce Dios a usted y a mí! ¡Qué bien sabe cómo nos oprimen (y a la vez nos energizan) los anhelos de felicidad! ¡Qué bien sabe que, con solo nuestras fuerzas, el Amor se nos escapa! Y, en fin, ¡qué bien conoce la tendencia que tenemos hacia el pesimismo!
Por eso, toda la Escritura Santa está como empapada de palabras tranquilizadoras: “No teman”, “Tengan ánimo”, “Soy Yo”, “No se va a perder ninguna oveja mía”..., etcétera.
Hoy precisamente el Evangelio de la Misa nos ofrece una muestra de estas recomendaciones reanimantes. O, si le gusta más, desestresantes.
“Que no tiemble vuestro corazón –nos dice nuestro Salvador–; crean en Dios y crean también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias; si no fuera así, ¿les habría dicho que voy a prepararles sitio? Cuando vaya y les prepare sitio, volveré y les llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estén también ustedes”.
Lo primero que me viene a la cabeza cuando medito estas palabras es que “las muchas estancias” son tantas, cuantos son los hombres y mujeres que el Señor llama a la vida. Porque Él no predestina a nadie –nos lo enseña la Iglesia– para que acabe en el infierno. Para que pase tal tragedia, se precisa una aversión voluntaria a Dios (un pecado mortal) y persistir en esa mala voluntad hasta el final.
Mas el hecho de que Dios no cree a nadie para la infelicidad no significa que no exista esta posible situación. Existe porque existen los demonios. O con palabras del papa Juan Pablo, porque “en el riesgo del sí y del no que caracteriza la libertad de las criaturas, alguien ya ha dicho que no”.
El que exista para cada uno una adecuada “estancia” en la otra vida, lo que indica es que cualquiera –católico o acatólico– puede disfrutar de la felicidad eterna. Porque “aquellos que sin culpa suya –enseña el Catecismo de la Iglesia– no conocen el Evangelio de Cristo y su Iglesia, pero buscan a Dios con sincero corazón e intentan en su vida, con la ayuda de la gracia, hacer la voluntad de Dios, conocida a través de lo que les dice la conciencia, pueden conseguir la salvación eterna”.
Este buscar sinceramente a Dios y este procurar hacer su voluntad, suponen la admisión de una verdad indiscutible. Puesto que mal podría hacer estas dos cosas quien considerara que no hay nada inconmovible.
Por eso el papa Benedicto, en los discursos pronunciados con ocasión de su reciente viaje a los Estados Unidos, ha insistido tanto en que el peligro universal es el relativismo y la antirracionalidad. Y en que la dignidad de la persona humana –llamada a la felicidad eterna– no puede ser jamás pisoteada.
Si usted y yo le hacemos eco, haremos que no pocos puedan alcanzar el cielo. Mientras que si dejamos que se extienda la mentira de que todo es relativo, muchos hombres y mujeres perderán la preparada “estancia”.
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