Carlos Danel y Carlos Labarthe convirtieron a una organización sin fines de lucro que prestaba dinero a los mexicanos pobres en uno de los bancos más rentables del país.
No todos sus colegas en el mundo de los micropréstamos elogian a los ejecutivos de Compartamos. Algunos los tachan de usureros.
Están al centro de un acalorado debate: ¿A qué grado se deben convertir las microfinanzas en un gran negocio?
Los microprestamistas, la organización microfinanciera original y aún la más común, ayudan a los pobres a iniciar o expander negocios en lugares que la mayoría de los bancos ignora, como las barriadas de Calcuta o las colinas pobres de Villa de Vázquez, en la región azucarera mexicana, tres horas al sur por carretera de la Ciudad de México. Sus esfuerzos son ampliamente considerados un éxito para transformar las vidas de los emprendedores en el mundo en desarrollo, particularmente en el caso de las mujeres y sus familias.
Muchos partidarios de los micropréstamos explican que ese éxito se ve amenazado por el modelo orientado al mercado de Danel y Labarthe, con su énfasis en el rendimiento para los inversionistas. Sus críticos señalan que Compartamos administra su negocio para beneficiar a sus inversionistas, no a sus prestatarios.
Después de que Compartamos se convirtió en una compañía con fines de lucro, en 2000, cayeron los costos al mismo tiempo que se incrementaron los rendimientos, pero el banco mantuvo altas las tasas de interés. En promedio, los clientes pagan un interés anual de casi el 90 por ciento, que incluye un impuesto gubernamental del 15 por ciento. En gran parte del mundo, las tasas de interés microfinancieras oscilan entre el 25 y el 45 por ciento. En México, los altos costos, la ineficiencia y la competencia limitada mantienen mucho más altas las tasas de interés.
Danel y Labarthe afirman que el microfinanciamiento ayudará a más pobres a aprovechar la inagotable reserva de capital de inversionistas, en lugar de la cantidad limitada de dinero de donadores.
Compartamos espera alcanzar un millón de prestatarios este año. Tiene ganancias prósperas, de unos 80 millones de dólares el año pasado, y su cartera ha crecido a casi 400 millones de dólares.
Desde que empezó a cotizar en la bolsa, hace casi un año, el rendimiento sobre capital ha superado el 40 por ciento.
La decisión de Compartamos, en abril de 2007, de vender sus acciones en el mercado bursátil mexicano se convirtió en un punto álgido en lo que había sido un debate cordial sobre cómo podían aprovechar las microfinanzas los vastos recursos de los mercados financieros.
Los propietarios de Compartamos vendieron el 30 por ciento de sus acciones en una oferta pública inicial, que generó 458 millones de dólares. Inversionistas privados mexicanos, entre los que figuraron altos ejecutivos del banco, se quedaron con 150 millones de dólares de la venta. Más de la mitad de lo recaudado en la oferta pública fue canalizado nuevamente a las instituciones de desarrollo que habían invertido en Compartamos cuando dejó de ser una organización sin fines de lucro para convertirse en una empresa comercial, en 2000.
Un estudio, realizado el año pasado por el Grupo Consultivo de Asistencia a los Pobres, conocido como CGAP, grupo del sector de las microfinanzas con sede en el Banco Mundial, estimó que el 23,6 por ciento de los ingresos de los intereses de Compartamos se iba a las ganancias.
Su rendimiento sobre capital promedio es más del triple del promedio del 15 por ciento para los bancos comerciales mexicanos. Las ganancias no son algo malo en el mundo de las microfinanzas.
La cuestión es cuánto es lo apropiado. El CGAP estima que el rendimiento promedio sobre activos para organizaciones autosuficientes es del 5,5 por ciento. La cifra para Compartamos, en el cuarto trimestre, fue del 19,6.
Danel indicó que las tasas de interés de Compartamos han caído 30 puntos porcentuales en los últimos cinco años. Compartamos creció a 840 mil clientes el año pasado, comparado con 60 mil, en 2000.
En la reciente junta de un grupo de prestatarios de Compartamos, en el pueblo de Valle de Vázquez, la tasa de interés no era una gran preocupación.
Alejandra Abúndez, de 57 años, cría cerdos y ganado, y produce 150 kilos de queso diarios, que vende en el mercado local. Ella y su hija, Micaela Rivera, obtuvieron un préstamo de 3.550 dólares (37 mil pesos) de Compartamos para adquirir forraje para los animales y surtir la pequeña tienda que tienen en el recibidor de su casa.
“Invierto todo lo que tengo”, manifestó Abúndez, quien enviudó a los 35 años, con cinco hijos. “Nada de desperdiciarlo por allí”.