Hace unos diez años, me enteré de que mi jefe estaba en proceso de recomendar a dos de mis colegas varones para un ascenso. Ambos hombres se habían incorporado al cuerpo docente el mismo año que yo fui contratada, ambos eran buenos maestros, y ambos habían publicado investigaciones importantes. Sin duda, estaban calificados para pasar al siguiente nivel, de profesores asociados a profesores titulares.
Pero yo también lo estaba. Pensé que era sólo cuestión de tiempo para que mi jefe se detuviera en mi oficina con la buena noticia de que también me iba a dar un ascenso. Así que esperé. Y esperé. Con el paso del tiempo, se hizo evidente que podría tener que esperar mucho tiempo.
Finalmente, me armé de valor para hablar del tema con él. Recuerdo claramente su reacción. Una gran sonrisa iluminó su rostro. “Bueno, ¡vamos a ascenderla también a usted!”, dijo.
Cuando mis dos colegas varones le habían pedido un ascenso, mi jefe, al ver que satisfacían todos los requisitos, estuvo de acuerdo. Como era un hombre ocupado, no se detuvo a pensar quién más estaba listo para un ascenso. Le habían hecho una pregunta, él la respondió y pasó al siguiente problema.
Vi como se desarrollaban situaciones similares entre mis estudiantes y amigos. Una y otra vez, vi a las mujeres aceptar el estatus quo, agarrar lo que se les ofrecía y esperar que alguien más decidiera qué merecían. Los hombres pedían lo que querían y por lo general conseguían lo que pedían.
Impulsada por estas experiencias, empecé un proyecto de investigación con varios colegas para estudiar cómo y cuándo inician negociaciones los hombres y las mujeres. En mi libro “Women Don’t Ask” (Las mujeres no piden), expuse pruebas abrumadoras de que las mujeres tienen muchas menos probabilidades, en comparación con los hombres, de usar la negociación para promover sus metas y deseos.
Con Sara Laschever, la otra autora, también mostré que este problema se extiende a la mayoría de las esferas en la vida de una mujer, dificultando su éxito no sólo en el trabajo sino también en el hogar y en sus tratos con todos los demás en su mundo: vendedores, proveedores de servicios, familiares e incluso amigos.
También encontré pruebas sólidas de que esta renuencia a promover sus propios intereses no es una cualidad innata o un punto ciego genético en las mujeres. Como sociedad, les enseñamos a las niñas que no está bien ni es femenino o apropiado que se enfoquen en lo que quieren y que persigan sus propios intereses y no nos gusta cuando lo hacen.
Los mensajes que reciben las niñas pueden ser tan poderosos que, como mujeres, quizá ni siquiera entiendan que su renuencia a pedir lo que quieren es un comportamiento aprendido, y que se puede desaprender.
Quizá no nos demos cuenta conscientemente de que somos más duros con las mujeres asertivas que con los hombres que se comportan de manera similar.
Pero tenemos que estar atentos. Así que la próxima vez que reaccione negativamente frente al comportamiento de una mujer fuerte, haga una pausa y dígase, en cambio: “Me alegro que vaya tras lo que quiere”.