Situadas en lo alto de un risco solitario sobre el polvoriento río San Pedro, a unos 50 kilómetros al este de Tucson, Arizona, las antiguas ruinas de piedra que los arqueólogos llaman el Sitio Rancho Davis no parecen encajar. Desde el margen opuesto, las paredes derrumbadas de las Ruinas Reeve son, de igual modo, sorprendentes.
Como parte de una migración enorme, realizada hace unos 700 años, un pueblo llamado los anasazi, impulsados por motivos que se desconocen, llegaron del norte para formar asentamientos como éstos, al ponerle a la tierra su sello singular.
“Salado policromo”, dice un arqueólogo visitante al darle la vuelta entre sus dedos a un fragmento de cerámica rota. Rojiza por fuera y con diseño en blanco y negro por dentro, destaca entre las vasijas menos adornadas elaboradas por los hohokam, cuyo territorio habían llegado a ocupar los viajantes.
Estos anasazi recién llegados —los arqueólogos les han seguido la huella hasta las mesetas y cañones alrededor de Kayenta, Arizona, a poca distancia de la reserva hopi— eran diferentes en otros aspectos. Les gustaba construir con piedra (los hohokam usaban palos y lodo), y sus kivas, o cámaras ceremoniales subterráneas, como las que dejaron en su tierra natal, son inconfundibles: rectangulares, en vez de redondas, con una banca de piedra a lo largo del perímetro interior, un fogón central y un sipapu, o agujero espiritual, que simboliza el paso a través del cual surgió el primer pueblo.
A fines de febrero, durante cinco días, John A. Ware, arqueólogo y director de la Fundación Amerindia, centro de investigación arqueológica, en Dragoon, Arizona, recibió a quince colegas para confrontar la interrogante más complicada y persistente en la arqueología del suroeste: ¿por qué, a fines del siglo XIII, miles de anasazi abandonaron Kayenta, Mesa Verde y los otros asentamientos magníficos de la meseta del Colorado y se mudaron al sur a Arizona y Nuevo México?
Anteriormente, los científicos pensaban que la respuesta se encontraba en factores impersonales como la llegada de una gran sequía o una pequeña era de hielo. Pero mientras se acumula la evidencia, esas explicaciones han llegado a parecer demasiado precisas y deterministas.
Los anasazi (o pueblos antiguos) presuntamente eran seres complejos con la habilidad de tomar decisiones, buenas y malas, sobre cómo reaccionar a un medio ambiente cambiante.
Algunos arqueólogos están en proceso de estudiar los efectos de una guerra y la creciente complejidad de la sociedad anasazi.
También examinan más a fondo los artefactos antiguos y hallan indicios de una lucha ideológica. “Las últimas décadas del siglo XIII fueron una época de agitación y experimentación social, política y religiosa sustancial”, dijo William Lipe, arqueólogo de la Universidad del Estado de Washington.
“No puedes tener una situación donde simplemente cientos de comunidades locales por sus propias razones individuales y particulares, deciden ya sea morir o levantarse y mudarse”, indicó Lipe. “Tuvo que haber ocurrido algo general”.
Los arqueólogos han propuesto que el clima más frío contribuyó a la caída, pues las temporadas de cultivo se volvieron más cortas. Pero la combinación puede haber sido menos que un golpe decisivo. Poco después de que se realizó el abandono, pasó la sequía. Aunque las lluvias regresaron, la gente no.
En los restos de Sand Canyon Pueblo, en la región de Mesa Verde, Kristin A. Kuckelman, del Centro Arqueológico Crow Canyon, en Cortez, Colorado, ve la historia de un surgimiento y caída trágicos.
Mientras los cultivos se secaban, los habitantes cambiaron de cosechar maíz a la caza y la recolección. Levantaron fortificaciones defensivas para resistir a los invasores. El esfuerzo fue inútil, a los aldeanos les arrancaron el cuero cabelludo, los desmembraron, incluso quizá se los comieron. El pueblo fue quemado y abandonado. Curiosamente, los vencedores no se quedaron a ocupar las tierras conquistadas.
Otro elemento que se agrega a las teorías fue esos viajantes extraños de Kayenta. Prosperaron en sus pueblos hasta aproximadamente 1290, unos quince años después de que empezara la Gran Sequía. Y cuando finalmente partieron para el Valle San Pedro y otros destinos, la evacuación fue de manera ordenada.
A final de cuentas, el motivo de los abandonos quizá se encuentre en el reino de la ideología. Al estudiar los cambios en la arquitectura ceremonial y los estilos de cerámica, Donna Glowacki, arqueóloga de la Universidad de Notre Dame, en Indiana, halla huellas del surgimiento de lo que puede haber sido una nueva religión para el pueblo. Durante más de un siglo, la fe establecida se distinguió por “casas grandes” de múltiples pisos, con pequeños kivas interiores, y por “kivas grandes” de mayor tamaño. Procedentes del Cañón del Chaco, los templos parecen diseñados a limitar el acceso a todos, salvo a unos cuantos sacerdotes.
Otros arqueólogos ven evidencia de una religión tipo evangélica que aparece en el sur y atrae a los rebeldes del norte.
La cerámica salado policromo pudiera haber sido emblemática de otro culto que posiblemente coincidió.
En medio del torbellino de explicaciones contrapuestas, una cosa es clara: los pobladores reestructuraron sus sociedades, trataron de adaptarse y cuando todo lo demás falló, se mudaron.