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Las pandilleras centroamericanas sufren abusos

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Moncha (primer plano, foto), de 17 años, y Benky sobrevivieron al trato brutal de las pandillas guatemaltecas.
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Abril 20, 2008

Por MARC LACEY | CIUDAD DE GUATEMALA

Para unirse a una de las violentas pandillas centroamericanas, Benky, una menuda joven con rímel espeso y tatuajes a lo largo de sus brazos, tuvo que tener relaciones sexuales con aproximadamente una docena de integrantes de la pandilla una noche. Recuerda haber llorado sin control cuando el último joven se bajó de ella y todos se reunieron a su alrededor para felicitarla por convertirse en miembro, con todas las de la ley, de la Mara Salvatrucha.

El líder de la pandilla le ordenó a Benky, entonces de catorce años, que robara en autobuses, arrancara cadenas del cuello de la gente y hasta matara a una joven de una banda rival. Siempre cumplió con su cometido, aunque dijo no estar completamente segura si su rival había sobrevivido o muerto del balazo que le dio en la espalda.

“Pensé que sería como mi familia”, dijo Benky, respecto a la razón que la llevó a unirse a la banda. “Creí que obtendría el amor que me faltaba, pero me golpeaban, me daban órdenes y me decían que tenía que robar a alguien o matar a alguien, y yo lo hacía”.

Cuando intentó dejar la pandilla, cinco años más tarde, sus compañeros le propinaron seis balazos. Las cicatrices aún visibles en su cuerpo avalan su relato, al igual que las trabajadoras sociales que la visitaron durante su estancia de nueve meses en un hospital.

Por horrible que sea, la historia de Benky no es inusual. Su lamento se escucha repetidamente de mujeres jóvenes de pandillas de toda la región, y en entrevistas muchas contaron relatos similares de iniciación sexual, golpizas y de ser obligadas a robar y asesinar para ganarse su lugar.

Nuevas evidencias sugieren que jóvenes como Benky, la mayoría menores de 18 años, quizá compongan una porción mayor de las filas de las pandillas centroamericanas que como se sospechaba anteriormente y muchas son víctimas y victimarias al mismo tiempo.

“Hay muchas más mujeres y niñas que las que cualquiera imaginaría”, dijo Ewa Werner-Dahlin, embajadora de Suecia en Guatemala. “Es una sorpresa para los expertos y muestra que las autoridades han reaccionado a las pandillas sin realmente entenderlas”.

En fecha reciente, el gobierno sueco ayudó a financiar un estudio que incluyó entrevistas con más de mil pandilleros y ex pandilleros, de ambos sexos, en toda Centroamérica. Encontró que las mujeres podrían representar hasta el 40 por ciento de la membresía en las pandillas de la región. Otros expertos en pandillerismo calculan que el porcentaje es menor.

Se estima que las pandillas callejeras de Centroamérica, que han generado una red de violencia por Guatemala, El Salvador, Honduras e incluso Estados Unidos, cuentan con hasta 100 mil miembros.

Entre estas bandas se encuentra sólo un pequeño número de pandillas exclusivamente femeninas, señalan los expertos. Mucho más común era la realidad de Benky: unas cuantas mujeres en un mar de jóvenes rudos y con fuerte ímpetu sexual.

Para empezar, el abuso en sus hogares es lo que a menudo las impulsa a ingresar a las pandillas, y éstas con frecuencia continúan con el abuso bajo el velo de protección.

Las mujeres dicen que la pandilla es su familia adoptiva que ofrece lo que resulta ser una mezcla impredecible de afecto y agresión.

“Si una joven recibe abusos de su padre, la pandilla intervendrá y le pondrá fin”, dijo Gustavo Cifuentes, ex pandillero con un extenso historial criminal que ahora trabaja para el gobierno guatemalteco en un intento por atraer a jóvenes a una vida mejor y respetuosa de la ley.

Cifuentes reconoció que si las niñas no siguen las instrucciones del líder, el resultado será una golpiza o incluso algo peor.

Los jóvenes pandilleros dicen que las niñas juegan un papel esencial y no sólo como parejas sexuales. Pueden moverse con más libertad en las calles cuando la policía está cerca, para transportar drogas o armas.

Con cuatro periodos en la cárcel en su haber, Benky, ahora de 23 años, experimenta una nueva etapa de su vida, pero una que está demostrando ser casi tan difícil como la que soportó antes. Sus heridas la dejaron coja, y vende dulces en los mismos autobuses donde solía robar, porque sus tatuajes la descalifican para la mayoría de las demás formas de empleo.

“Parece tan bien desde afuera”, expresó Benky sobre la razón que la llevó a unirse a la pandilla. Para entender su sentir, resulta útil saber que su infancia, como la de muchas otras pandilleras, fue triste.

Empezó a vivir en las calles a los seis años con un hermano mayor. No está segura de qué le sucedió a su madre, pero recuerda que su padre no tenía interés en ellos. Su hermano cayó abatido a tiros por un miembro de la pandilla Calle 18, lo que la impulsó a unirse a la otra banda gigantesca de la región, la Mara Salvatrucha, en busca de amor y aceptación.

Benky había empezado a frecuentar la pandilla y conocía a algunas otras muchachas que se habían unido. Ellas le dijeron que todo lo que tenía que hacer era hablar con el líder y él la admitiría también. Pero antes de que se diera cuenta de lo que sucedía, los integrantes de su nueva familia se estaban desvistiendo y hacían fila para tener relaciones sexuales con ella.

El abuso disminuyó cuando empezó a ser novia de uno de los miembros y él la protegía del resto.

Otra ex pandillera, Moncha, de 17 años, rompió en llanto cuando describió cómo alguien de su banda mató a su amiga. “Perdí a mi mejor amiga, y mi propia pandilla la mató”, dijo. “Fue entonces que me di cuenta de que si la mataron, también podrían matarme a mí. Me cansé de esta vida en la que podían decir: ‘Vamos a matar a alguien’ y tenías que estar de acuerdo”.

En la prisión de Santa Teresa, una interna, de 25 años y conocida por el apodo de Feliz, indicó que su intención era dejar la pandilla al cumplir su sentencia por el robo en autobuses. En sus primeros años tras las rejas, los integrantes de su banda iban a visitarla, comentó. Pero con el paso del tiempo dejaron de hacerlo. Hoy, tras cinco años en prisión, sólo su madre le lleva comida y ropa.

“Ella es mi familia”, dijo Feliz. “Tomó años, pero finalmente aprendí eso”.


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