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Largo brazo de la justicia alcanza a un ex dictador

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Un ex gobernante surinamés enfrenta juicios por el asesinato de quince oponentes a su régimen, que tuvo lugar en 1982.
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Abril 20, 2008

Por SIMON ROMERO | PARAMARIBO, Surinam

No es fácil encontrarse con Desi Bouterse. No frecuenta los cafés al aire libre de Paramaribo, capital de Surinam, no se aleja mucho de su villa frente a un río y concede pocas entrevistas.

Aun así, es uno de los hombres más ricos y poderosos de la pequeña ex colonia holandesa en el noreste de Sudamérica, y su historia quizás encierre una lección para el resto del continente, acerca de las virtudes y los inconvenientes de la paciencia.

Los 470 mil habitantes de Surinam conocen bien a Bouterse. A sus 62 años, es un ex dictador militar, fugitivo de la Interpol, condenado “in absentia” en Holanda, en 1999, por cargos de tráfico de cocaína.

En vista de su inmunidad de extradición, también es miembro del Parlamento de Surinam y líder del partido político más grande de ese país.

Hoy en día, los tribunales de Surinam finalmente escudriñan el sangriento inicio de su carrera política.

Él se encuentra en las fases iniciales de un juicio por los asesinatos de quince oponentes de su régimen el 8 de diciembre de 1982.

Quince muertos podría parecer un total pequeño, cuando se le compara con las muertes y desapariciones de miles que se opusieron a dictaduras mucho más poderosas y revolucionarios mucho más destructivos en otros lugares de Sudamérica en aquélla época.

Pero quince ejecuciones fue una experiencia intensa para una pequeña nación nueva situada entre la selva y el mar. Su ciudadanía multiracial ya se esforzaba por reconciliar el amargo legado del dominio colonial holandés con la fe en los ideales democráticos holandeses. Lo que distingue a Surinam es la impasible paciencia con la que el país y su sistema legal han alcanzado, más que lentamente, a Bouterse.

Sus vecinos más grandes se mostraban más recelosos de dejar que la ley siguiera su curso; temblaban ante las pasiones que podrían estallar si ponían a tiranos del pasado en el banquillo de los acusados. El general Augusto Pinochet, de Chile, por ejemplo, nunca fue sometido a juicio. Un juez español hizo que los británicos lo arrestaran, pero cuando fue enviado a casa, sus abogados lucharon contra las demandas criminales hasta su muerte.

En los años 80, la posibilidad de una rebelión militar hizo que Argentina reconsiderara un esfuerzo inicial por procesar crímenes cometidos bajo el régimen militar; en lugar de eso, les concedió una amnistía a los oficiales de menor rango. Y Perú vio al ex Presidente Alberto Fujimori irse al exilio en Japón; sólo fue llevado a casa para ser enjuiciado cuando se mudó a Chile, país vecino, con el propósito de reiniciar su carrera política en Perú.

El asunto se ha manejado diferente en Surinam, y el legado colonial que parece estar en la raíz de ello es la fe surinamesa en un concepto que los holandeses llaman “rechtsstaat”: un estado de derecho.

Los “Asesinatos de Diciembre”, como se les conoce, constituyeron una profunda prueba para esa idea: de un sólo golpe, fueron eliminados los principales líderes de la resistencia contra Bouterse, ex sargento del ejército que había tomado el poder en un golpe de estado, en 1980.

Durante muchos años, Bouterse tuvo el poder o gran influencia, incluso después de la reanudación de las elecciones, en 1987, y el retorno total del gobierno civil, en 1991. Pero también perduró el concepto del “rechtsstaat”.

Después de los asesinatos, la primera reacción de Surinam fue desesperanza: Holanda interrumpió su ayuda y Bouterse creó un extraño estado policial y predicó el resentimiento contra los holandeses.

“La gente estaba intimidada por Bouterse, una figura imponente que es graciosa, cínica e insolente”, dijo Edward Dew, científico político estadounidense que ha escrito mucho acerca de Surinam. “Pero también estaban impactados con lo que había sucedido y con la cantidad de tiempo que permaneció en el poder”.

Bouterse se hizo rico negociando con madera y oro, y dejó el ejército a principios de los años 90, aunque permaneció en la política, hostigando a los nuevos líderes de Surinam.

Sunil Oemrawsingh, joyero cuyo tío fue uno de los asesinados en 1982, comentó que la última vez que vio a Bouterse fue cuando vivía al otro lado de la calle. “Aunque ha tomado mucho tiempo, nuestro temor finalmente ha desaparecido”, dijo.

“Todo lo que quiero hacer es ver a ese hombre a los ojos”, dijo Oemrawsingh. “Me pregunto si me sostendrá la mirada”.


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