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La encuesta mandamás |
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El alcalde Jaime Nebot ha declarado que, valiéndose de los resultados de una encuesta ad hoc, tomará la decisión de qué hacer con el casino que ya empezó a construirse en el Malecón 2000. No le importa que el espíritu de la normativa señale que estos negocios solo funcionan en hoteles. No le interesa que la casa de juegos se sitúe en un área cultural y de paseo familiar. No le hace mella continuar invadiendo la ría. No. El Alcalde cree que hay que proseguir con los trabajos porque necesita dinero para sostener el malecón. Y entonces, posicionado en el prejuicio de que toda su obra es buena obra para todos, y sin sonrojarse, afirma sin empacho que los porteños dirimirán por sí y ante sí el entredicho que ha surgido en la interpretación de leyes y reglamentos.
Se debe objetar que el primer personero de la ciudad popularice el desapego a la ley y al orden, porque, si cree que hay contradicción entre lo que dicta la Ley de Turismo y lo que manda un reglamento (antes derogado, luego resucitado), no le corresponde a él erigirse en el supremo que resuelva este conflicto ¡simplemente por medio de una encuesta! Para desovillar el enredo existen procedimientos determinados por la justicia y en ellos debemos enrumbar las discrepancias. También hay que cuestionar las prácticas sostenidas en la doble moral porque es sabido que el Malecón 2000 ha patentado su propia regla para medir las “buenas costumbres”: está prohibido el beso profundo a riesgo de que la pareja reciba empellones de los guardias (que cumplen órdenes superiores); y está vedado el ingreso de los que por su apariencia lucen gay.
Sin embargo, el Alcalde sí acomoda en su regeneración urbana a un casino, templo del despilfarro dinerario y la adicción (¿se ha pensado en las tragedias que viven las familias de los jugadores?). No cabe duda de que un casino no es un lugar santo ni una invitación a regeneración alguna. Basta recordar al “infierno de la ruleta” en que vive Aleksei Ivanovich, el protagonista de la novela El jugador, de Fiodor M. Dostoyevski, que pierde hasta el amor en el juego; cuando cree hallarse en proceso de curación, reflexiona: “A veces se me antoja que todavía sigo dando vueltas en el torbellino, y que en cualquier momento la tormenta volverá a cruzar rauda, arrastrándome consigo, que perderé una vez más toda noción de orden, de medida, y que seguiré dando vueltas y vueltas y vueltas…”.
Efectivamente, la plata no es todo. La medida de lo que le conviene a la ciudadanía no puede ser el metro-patrón-Nebot. Esa vara exclusivamente es la ley, que nos iguala a gobernantes y gobernados. No es posible hacer caso omiso de ella porque alguien siente afectado su interés o su punto de vista. Por eso nadie, peor aún el Alcalde, debe colocarse en una situación en que parezca que la ley es lo de menos. Para crecer mejor, a los guayaquileños bien nos haría reactivar nuestra conciencia crítica para que la urbe produzca una civilidad en estricta sujeción a la norma. Si surgen problemas de interpretación legal son los jueces competentes quienes tienen que juzgar. Una miniconsulta jamás puede ponerse por encima de la ley, incluso si se trata de una encuesta mandamás. |
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| Jaime Marcet Ortega |
Nuestro invitado | |
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| Editorial New York Times |
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