lunes 07 de abril del 2008 Columnistas

¿1897 o 1906?

Toda revolución que se respeta hace su propia constitución. Ahí plasma su idea del país y del mundo. Incluso va más allá, hasta ocuparse de todo lo humano y de una parte de lo divino, como se vio en el reciente debate teológico-político-abortivo. Pero, creativos como somos, la mayor o la única revolución que tuvimos debió hacer no solo una sino dos constituciones. Don Eloy, que ahora preside en figura de bronce la Asamblea, se encargó de establecer ese récord hace poco más de un siglo, cuando convocó a la elaboración de dos constituciones, apenas con nueve años de diferencia entre una y otra, pero eso sí siempre dentro del mismo proceso revolucionario.

El hecho es que, en 1896, cuando Alfaro convocó a la consabida asamblea encargada de diseñar el nuevo orden político, apenas había transcurrido un año y cinco meses desde que el liberalismo se impuso por la fuerza de las armas. Todo ese periodo estuvo plagado de enfrentamientos armados, de manera que la Constituyente se instaló a salto de mata entre una batalla y otra. El ambiente era un mar de hostilidades que difícilmente podía ser el espacio adecuado para lograr acuerdos. Pero tampoco era el lugar para imponer a plenitud las nuevas ideas del liberalismo. Por ello, a pesar de que en su redacción participaron las mejores mentes de esa corriente, como Julio Andrade y Abelardo Moncayo, la Constitución de 1897 no fue la expresión del proceso de transformación que vivía el país. Entre otras cosas, no logró definir con claridad la separación del Estado con la Iglesia y estableció que “La religión de la República es la católica, apostólica, romana” (artículo 12). Nada que ver, por tanto, con el Estado laico que fue uno de los ejes de la Revolución Liberal. Para que ese y otros principios del liberalismo llegaran a concretarse fue necesario esperar hasta 1906, cuando el mismo Alfaro –por medio del general Emilio María Terán– derrocó a su coideario Lizardo García, asumió el poder, rompió su propia Constitución y convocó a una nueva constituyente.

Como estamos empeñados en repetir la historia y en ser más alfaristas que Alfaro, no sería nada raro que la revolución del siglo XXI tuviera que hacer lo mismo. Al menos eso es lo que se deduce de la manera en que se resolvieron los últimos conflictos y de los productos que va entregando la Asamblea. Por un lado, los principios básicos que encendieron los corazones de la revolución ciudadana fueron sepultados por la evidencia que proporcionan las encuestas (por cierto, es un gran consuelo que sean simples números y no balas los que se encargan de torcer la férrea voluntad). Por otro lado, la dependencia del fuerte liderazgo presidencial está postergando las reformas de un sistema político que no da para más. Como en 1897, parece que la tibieza terminará por imponerse. Si es así, la revolución ciudadana deberá aguardar hasta que llegue su 1906. Eso puede significar una espera de años, de meses o de varias elecciones en seguidilla.
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