Este personaje es uno de los pocos bodegueros de carbón que aún laboran en la ciudad. Ha pasado por las distintas etapas de la actividad. Por la baja demanda siente que esta va a desaparecer.
“Cuando vino el gas, se jodió el carbón”, sentencia Humberto Montesdeoca Pesantes. Cada tarde, como siempre, el cuencano de 73 años está rodeado por sacos de carbón que forman un cerro polvoriento y negruzco. Ingresar a su bodega de Maldonado 1614 entre Tulcán y Carchi es volver a un pasado que huele a palo quemado.
Es volver a encontrar carretas tiznadas de negro. Aquellas que anunciaban su llegada al vecindario cuando el carbonero hacía sonar la campana.
Con desazón, Montesdeoca enumera las pocas carbonerías que aún existen: la del cuencano Carlos Orellana, en Pío Montúfar 514 entre Colón y Alcedo; la de su hermano Rogelio, en la Novena y Cuenca; un par más en Machala y Oriente; y otra en Ayacucho y Carchi.
Pero antes era diferente. En Guayaquil de 1920, según una guía comercial de la época, funcionaban 214 carbonerías que proveían a cientos de carretilleros ambulantes. Se vivía la época de oro del carbón vegetal. Ahora los quemadores de carbón, las bodegas y los carretilleros se extinguen.
La crisis comenzó en 1969, cuando se empezó a emplear gas doméstico.
La historia de Humberto Montesdeoca es la de ese gremio conformado en gran parte por cuencanos. En su familia, tres hermanos más se dedicaron a la carbonería. Cuando llegó a Guayaquil tenía 22 años y comenzó vendiendo marquetas de hielo a quioscos. Aún no llegaban las refrigeradoras. Al año siguiente, en 1957, compró una carreta y trabajó en la bodega que su hermano tenía en el parque Chile. Ahí laboran en unas 20 carretillas.
“A las seis de la mañana sacaba mi carreta para el recorrido; al día vendía tres sacos, a veces cuatro, porque solo se cocinaba con carbón. A la una o dos regresaba a cargar la carreta para el día siguiente”.
En esa época el carbón era de palo duro: guayacán, cascol, palo blanco y rompejato. Una vez al mes llegaba el camión lleno de sacos; venían de Cerecita, Progreso, Zapotal, Julio Moreno, Las Juntas, El Azúcar, Las Cañitas, poblados donde lo quemaban. Las bodegas quedaban tan repletas que las carretillas no cabían en los patios y amanecían en portales.
Después de tres años como carretillero, instaló su primera bodega en Quito y Huancavilca. Vendía hasta 10 sacos al día, pero no en su local, sino a bordo de una carretilla jalada por un burro. “Tener un burro era como comprarse un auto”, recuerda entre risas. Después regaló el animal y se hizo bodeguero de verdad, vendía los sacos más barato para atraer a los carretilleros. Empezó con cuatro.
A mediados de los años sesenta, cuando se cambió a su actual bodega, trabajaba con 22 carretilleros. Para entonces en Guayaquil había 45 depósitos. Pero el gremio siempre fue organizado, tanto así que en la 14 y Maldonado funcionaba la Sociedad de Bodegueros de Carbón 10 de Marzo.
Mientras habla, unos pocos vecinos van a comprar medio dólar de carbón para asar carne o plátanos para la merienda.
A las 17:00 es cuando arriban los dos únicos carretilleros ambulantes que trabajan con él. Ellos son Luis López Sigüenza, que vende dos sacos diarios, y Augusto Cárdenas, tan solo uno. Le pagan a Montesdeoca, llenan sus carretas para el siguiente día y después se bañan, se quitan el tizne.
La tarde avanza. Don Humberto recuerda que en 1957 un saco de carbón de palo duro costaba unos pocos sucres y ahora uno de carbón flojo, que se consume rápido, vale 8 dólares.
“Cuando vino el gas se jodió el carbón, se puso malo poco a poco. Creo que esto va a terminarse, así es”, repite, mientras los últimos rayos de sol avanzan iluminando los sacos, las carretas y esas paredes tiznadas de negro, toda esa bodega que talvez muy pronto se convierta en garaje o terreno baldío.