Edición del VIERNES 4 de Abril del 2008
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Románticos otra vez
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Claudia Serrano
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Claudia Serrano desde Buenos Aires | claudiaserrano@fibertel.com.ar

¿Qué mujer no sucumbe ante la clásica, romántica e infalible dupla de dulces y flores?

Sean raras orquídeas de la selva africana o simples margaritas; sean los deliciosos chocolates belgas “Godiva” o el exquisito y ¡ecuatorianísimo “Bios”! ¿Cómo olvidar ese pequeño gesto, cuando te escribió en una servilleta de papel en aquel viejo bar de la esquina, palabras que salieron de su corazón y te compraron el alma? Eso se llama romanticismo y caballerosidad. ¿O cuando te dice lo linda que estás después de haber llorado y pataleado como una loca, con el rímel corrido, los ojos superhinchados y el pelo hecho una maraña?
Esos pequeños detalles son los que nos seducen y nos hacen sentir amadas.

Que un hombre hoy en día sea caballero ¡vale! Muchos se olvidaron de cómo abrir la puerta para que pase primero la mujer, de prenderle el cigarrillo, de ofrecerle la primera copa, de dejarla caminar por adentro de la vereda, de decirle, y sí… ¡repetirle! sin motivo alguno, lo linda que está hoy. Tomen nota, varones, no pasó de moda la caballerosidad ni el romanticismo, ¡sino todo lo contrario! A nosotras nos fascinan los hombres que nos miman con sus varoniles, sensibles y atentos gestos.

Que seamos independientes, trabajadoras y que vivamos solas desde los 22 no significa que no nos gusta que nos cuiden, nos agarren del brazo para cruzar la calle y nos seduzcan.

Cierto que la rutina y la mecanicidad de nuestros hábitos y relaciones son el peor enemigo.

También es cierto que la ciudad es infame, produce amnesia en la gente y te convierte en el malo más malo de todos, Darth Vader.

Escuchar decir por favor y gracias en Buenos Aires es a veces difícil y en picos de estrés urbano lo único que queremos es aplastar al mengano o fulano -cual miserable cucaracha- si nos roba con el cambio, pasa dándote un codazo y ni qué hablar del vivo porteño que intenta colarse en cualquier fila y en donde pueda. Los buenos modales son fáciles de abandonar en esta sociedad de locos que hemos producido. Una no necesita irse a las montañas del Tíbet, recluirse en un monasterio zen y meditar para hacer el bien al prójimo y acercarse al conocimiento de sí mismo. Ninguna mejor prueba como una metrópolis cualquiera para poner en práctica facultades como la paciencia, el bien al prójimo, el control mental y sobre todo olvidar rotundamente la ley del “ojo por ojo y diente por diente”.

Entrar a la verdulería, al restaurante del barrio saludando y que te saluden con buenos días o buenas noches, o simplemente largando el día ofreciéndole tu mejor sonrisa “colgate” a tu portero, diarero, taxista o colectivero, te predisponen mejor. Cuando pides por favor un paquete de chicles y cigarrillos, cuando das las gracias si algún señor te deja pasar primero al entrar al banco por la puerta giratoria. Son solo maneras de vivir armoniosamente, cosas para recordar y practicar.


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