La cata de vinos es un tema bastante generalizado, para muchos una verdadera satisfacción y recurrente punto de conversación, pero la cata de whisky no es algo tan común, al menos en nuestro medio, y eso lo vuelve muy interesante. Ken Lindsay ama lo que hace, lleva 25 años en esta profesión y es un catador reconocido en la industria del whisky escocés y embajador de la marca Ballantine’s, por lo tanto recorre el mundo enseñando las bondades de las líneas que él maneja y transmitiendo sus conocimientos a todos los que quieran aprender. En estos días visitó ciertos países de Sudamérica y llegó a Quito y Guayaquil, invitado por la empresa Cordovez S.A., para hacer dos importantes catas.
Luego de colocar variedades de whisky en cinco copas transparentes, y con un español bastante bueno, con gracia y simpatía explica paso a paso las características de la cata de esta bebida fuerte. Habla del color, es decir, la intensidad, que va desde un amarillo muy claro hasta un dorado casi café, lo que depende del tiempo que ha estado en el barril y de las pericias del maestro mezclador -del que luego hablaría con más detalle-.
La nariz o el aroma reconoce los sabores que tendrá el mismo, puede ser ligero, frutal, delicado, ahumado, robusto, intenso, en fin, cada persona dicta lo que huele. “Por ejemplo, el whisky Ballantine’s se caracteriza por su dulzura, equilibrio, complejidad y elegancia, es el estilo que le dio a la marca el maestro mezclador en 1827 cuando esta empezó”, dice. Agrega que no cualquiera puede desempeñar este oficio, pues para llegar a un puesto de tanta responsabilidad hay que tener más de veinte años como ayudante. “Todos los whiskys tienen una receta única, su fórmula, combinación de maltas, así el mezclador es como un chef, encuentra en cada licor de su año lo mejor que puede ofrecer”, señala. Quiere decir con esto que hay quienes prefieren un licor de 12 a uno de 21 años por su consistencia más ligera y no tiene uno que ser superior a otro, en su tipo cada cual es excelente.
Luego habla del cuerpo o consistencia, que se produce al introducir el licor en los barriles de roble previamente quemados para sellarlos, lo que también da el sabor. “Esto es lo que cambia su carácter, si es espeso, ligero o como miel; mientras más años pasa en el barril es más espeso y oscuro", expresa. Esto lo comprobé con un whisky de 30 años, que era de un dorado intenso y un sabor tan especial como prolongado.
También conversamos sobre el paladar que describe el sabor que tiene, puede ser dulce como vainilla y caramelo, seco o profundo, que se deja sentir por más tiempo pero no quema.
Finalmente, el acabado es el que dicta el sabor final, si es cortante o de un disfrute largo; la lengua define los sabores dulces, salados, cítricos.
Al preguntarle cómo reconocer un buen whisky y que al día siguiente el chuchaqui no haga pedir perdón, nombra como punto de partida el equilibrio, es decir, el sabor no debe ser ni muy fuerte ni impactante, ni con olor o sensación excesiva de alcohol. Debe tener sutileza y profundidad, dejando un sabor agradable en la boca, “lo más importante es que cada cual decida de acuerdo con su personalidad”.