Parece que los colombianos han desplazado a los pelucones. Hasta hace poco los pelucones estaban en el último círculo del Infierno. Pero ahora los pelucones han sido trasladados a otro círculo menos indigno; probablemente al sexto, donde languidece la partidocracia.
Los colombianos, que ahora ocupan el más denigrante lugar de la antipatria, no son realmente de Colombia sino que son ecuatorianos. Son aquellos ecuatorianos, especialmente las bestias salvajes de los periodistas, que han venido exigiendo que luego de nuestra “victoria diplomática” se investigue si han existido vínculos de las FARC con ciudadanos, organizaciones, políticos, militares, policías, cerrajeros, albañiles, sastres, diputados o jefes de Estado del Ecuador. Y si esos vínculos han sido materiales, políticos o logísticos, y si han involucrado narcotráfico.
Cada día crecen los indicios que tales vínculos han existido. Y lo grave es que esto lo estamos conociendo no por iniciativa de nuestras autoridades sino de Colombia. El caso del señor Aisalla no pudo ser más vergonzoso.
Cuando Uribe advirtió que este ciudadano era un miembro de las FARC, acá nuestros patriotas en coro le gritaron “¡mentiroso, mentiroso!”. A los pocos días, sin embargo, un diario nacional confirmaba esa información y al Ministro de Defensa no le quedó más que aceptarlo.
Lo peor es que nuestra “inteligencia” sabía esto desde hace meses pero, por alguna razón inexplicable, se le permitió que siga trabajando para las FARC. ¿Estamos ahora esperando que Uribe también nos aclare esto? ¿Qué otra información proveniente de Colombia tendrán nuestras autoridades que salir luego a reconocer que es cierta?
El video de este ciudadano –llamado “compañero” por algunos de nuestros líderes– jugando a la “gallina ciega” en el cumpleaños de Reyes, celebrado en el motel que este había construido en nuestra “tierra sagrada”, ha dado la vuelta al mundo. Como también lo ha hecho la amenaza de declarar “colombiano” o “perro de Colombia” a todo ecuatoriano que exija una investigación.
El Gobierno ha desistido de llevar a la Corte Internacional la incursión de Colombia y la muerte del compatriota. A primera vista esto parece incomprensible, pero probablemente los riesgos son mayores en la medida en que existan evidencias de nuestra pasividad, peor aún si existiese algo de complicidad.
En dos oportunidades la Corte ha abordado la doctrina del derecho internacional de legítima defensa con detenimiento. La una en 1984 (Nicaragua v. Estados Unidos) y la otra en 2005 (Congo v. Uganda). Como muchas de sus decisiones, estas también hay que leerlas entrelíneas –especialmente en lo concerniente a pruebas–, para entender por dónde podrían salir las cosas en nuestro caso.
Ojalá el Gobierno adopte una postura más constructiva. El tutelaje de Chávez –que luego de mandar tanques a la frontera ahora se declara pacifista…–, no nos ayuda, por ejemplo. En cambio, sí ayudaría realizar una investigación seria. Hasta mientras, respiren pelucones, ahora los antipatrias son esos “colombianos” de Ecuador. Y ustedes “colombianos” no se preocupen mucho, pues, ya vendrán otros a reemplazarlos. Para distraernos de sus errores la revolución necesita constantemente de enemigos.