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Revolución |
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Es bueno cuidar a las palabras, pues juntan y separan a las personas, y también tener cuidado a lo que, una vez pronunciadas, ellas nos comprometen. Revolución y socialismo son sustantivos harto mentados, dentro y fuera del país, en las proclamas oficiales y en el lenguaje de los funcionarios de la tendencia de gobierno. Mas, no está claro todavía –porque no hemos debatido con la serenidad y profundidad que de lado y lado se requieren– el alcance de la revolución ciudadana diseñada por el presidente Rafael Correa. Luego de 15 meses de haber asumido su mandato esta indefinición puede generar dilemas y producir grandes frustraciones porque, hasta donde se puede aprender de los hechos de la historia, una revolución conlleva cambios radicales de las estructuras de una sociedad, con efectos palpables inmediatos para la mayoría de la población.
A juzgar por la manera cómo se conducen y hablan las distintas autoridades gubernamentales, parece que estos conceptos no apuntan hacia la misma dirección. ¿Sabrá la Canciller la idea de revolución que maneja el ministro de Transporte y Obras Públicas? ¿Se pusieron de acuerdo acerca del contenido socialista de sus encargos la ministra de Salud y la de Turismo? ¿Cómo concretan el proceso revolucionario los ministros de Seguridad Interna y el secretario de la Administración Pública y Comunicación? ¿Garantiza, entonces, la conformación del actual gabinete presidencial los cuadros adecuados que esa revolución requiere? ¿De otra parte, por qué el Presidente paga tanto tributo a la anquilosada partidocracia que él ha afirmado combatir y que no lo ayuda a resolver con eficacia y eficiencia los dramas del país?
No se puede negar el trabajo incansable del Presidente, a quien vemos en un solo día dialogando con pobladores en varias ciudades, pero es preciso que mentalmente pare un poco para que evalúe si, con el equipo que ha armado, llegará la tan anhelada revolución que ha prometido. Por ejemplo, nada es más antirrevolucionario que haber permitido la desastrosa situación en que se hallan los locales escolares del Litoral. Como siempre –pero esto es hoy gravísimo si hemos de conceder que se ha iniciado en serio la era de la revolución– serán los desposeídos quienes sufran directamente por la ineficencia gubernamental en materia educativa. Son un verdadero escándalo las condiciones de las escuelas de los más pobres. No hay ninguna excusa administrativa para justificar esto a pesar del denuedo con que laboran las autoridades regionales de Educación.
Las palabras no se van fácilmente. Se quedan para interpelarnos. ¿Estalló la revolución en la educación? Hace meses se anunció que, para concederle un sitial merecido, el Ministerio de Educación capitalino se iba a trasladar a un edificio con mejor fachada. ¿Debe entenderse que es más importante el edificio que la misma educación? Sería ofensivo para las escuelas con bancas oxidadas, techos agujereados, paredes mohosas y pisos líquidos que se concrete esta mudanza en la emergencia actual. Si el presidente Correa no consigue modificar en sus colaboradores esa práctica que privilegia el apoltronamiento en el cargo, la idea de revolución habrá sido una pantalla para captar el fervor de los desconsolados. Lo principal es la atención oportuna a la gente porque ni con la educación ni con el lenguaje se puede jugar irresponsablemente. |
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| Marco A. Elizalde Jalil |
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