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¿Paracaídas dorados? |
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En un despacho de prensa de la agencia internacional Zenit, del 21 de noviembre del 2007, me llamó la atención la expresión “paracaídas dorados”.
Había asimilado las “preseas doradas” de los deportistas y los “sueldos dorados” de ciertos integrantes de la burocracia. Sentí que tenía que explorar el tema.
Explica la nota que se denominan “paracaídas dorados” a los sustanciosos beneficios económicos de ciertos ejecutivos que los gozan al retirarse de grandes empresas, no obstante la debacle económica de estas, aunque sean producidas o no previstas por ellos.
Aunque a la empresa le vaya mal, a ellos les va bien.
El antecedente son los altísimos sueldos, poco éticos los llaman algunos, que se pagan por obtener los servicios de “administradores estrellas”, que aceptan ir a trabajar siempre que les garanticen su propio éxito pecuniario, sea compartiendo las utilidades o abriendo su “paracaídas dorado” si se presentan pérdidas.
El despacho referido fortalece su análisis citando, con nombre y apellido, a ex ejecutivos de firmas como Merryl Lynch, Citigroup, Pfizer y Home Depot.
Un ejemplo: siendo probable que una empresa pierda 11.000 millones de dólares, su presidente y director ejecutivo se retiraría, en vez de ser despedido, y así podría recibir 40 millones de dólares.
¡Qué tal!
Probablemente son casos insignias y deben existir otros más en los que, no obstante no alcanzarse las metas previstas por las empresas, sus ejecutivos a los cuales tal vez se puedan achacar los males acaecidos, al retirarse fracasados, se llevan consigo grandes sumas de dinero.
Es importante destacar que en el despacho de Zenit se cita a John Gapper quien califica la situación como “peligro moral”, “que tiene lugar cuando parece que hay incentivos para que las personas se comporten de forma que dañan sus propias instituciones o el sistema financiero en general”.
¿Por qué se generan contratos de reclutamiento con cláusulas de este tipo?
Entre otras, considero que lo referido sucede en empresas de capital abierto en las que miles de accionistas no tienen ninguna injerencia y menos control en la administración de ellas, pues son pequeños inversionistas que compran y venden acciones en las bolsas de valores.
Esa distancia entre dueños y ejecutivos, me recordó lo que ocurre con nuestras empresas del Estado y de sus instituciones en las que la ciudadanía, verdadera propietaria de ellas, no tiene acceso alguno a las decisiones que establecen remuneraciones o indemnizaciones, a veces “doradas” en casos de renuncias voluntarias.
Hace poco, entre nosotros, se han tratado de corregir desviaciones reglamentarias o contractuales de ese tipo, siendo importante establecer reglas claras y precisas que impidan exageraciones que benefician a unos pocos en perjuicio de la mayoría, con total desconocimiento de la ciudadanía, repito, su propietaria.
Una cosa son las justas indemnizaciones y otra los “paracaídas dorados”.
¿Debemos investigar y evitar que subsistan o se creen este tipo de privilegios discriminadores injustos?
¿Sería tan amable en darme su opinión? |
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