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MIÉRCOLES | 26 de marzo del 2008 | Guayaquil, Ecuador
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Nelsa Curbelo | nelsa@telconet.net
¿A imagen y semejanza de quién?
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Sospecho que a Dios lo debe tener muy sin cuidado el que pongamos o no su nombre en la Constitución. Hemos tomado tantas veces el nombre de Dios en vano, personalmente e históricamente, que su sola mención no es garantía de un vivir y un convivir adecuado a lo que demanda un amor sin límites como el de Él. El Estado no puede creer o no creer, ni puede obligar a sus ciudadanos a hacerlo, pues tiene que ver con otras realidades.

Lo que sí me cuestiona es entender si esa fe es real: la mía y la de los demás. El mundo sería diferente si los creyentes actuáramos de acuerdo a la fe que decimos profesar. Los occidentales y los orientales. En nombre de Dios la humanidad ha producido guerras, asesinatos, ejecuciones, atentados, cárceles. Pero también obras de arte exquisitas, música entrañable, monumentos extraordinarios, templos que son oraciones en piedra. Seres humanos han dedicado su vida al bien transportados por un amor que los lleva más allá de sus posibilidades, sean la Madre Teresa, Nelson Mandela, el Dalai Lama por mencionar a creyentes de diferentes tradiciones religiosas.

Siempre me llama la atención la masiva concurrencia a las procesiones de Viernes Santo en todas partes del mundo, de manera más o menos dramática según los contextos. El pueblo pobre que se siente desamparado frente a la naturaleza, la pérdida de la salud o de seres queridos, la falta de trabajo digno, de vivienda segura, se identifica con el sufrimiento de Jesús. Siente que hay alguien que lo comprende y de Él espera la ayuda. Busca esa protección en compañía de los demás. Se agrupa con otros que sienten igual que él, que se expresan igual que él. Me merece un profundo respeto esa demostración de fe que empiezo a descubrir está preñada de esperanza. De ser oído, de poder cambiar en algo la situación que viven.

Como me merecen respeto las preguntas desesperanzadas, sobre todo de los mayores. ¿A dónde vamos como país? El mundo  gasta en armas, en drogas lo que debería ser sustento y bienestar para todos. Mejor sería vivir ignorando lo que sucede para no amargarnos. ¿Para qué murió Cristo si seguimos odiándonos y estamos destruyendo la tierra?  Escucho esas preguntas, ecos de las mías.

El efecto inmediato de la injusticia y del sufrimiento es la pérdida de la confianza, la pérdida de nuestra convicción de que las cosas en este mundo pueden mejorar, la pérdida del sentido del amor, del respeto y felicidad que anhelamos.

Para los cristianos, lo más importante no fue el sufrimiento de Cristo,  millares de seres humanos lastimosamente lo vivieron y lo viven desde  los quemados vivos a los secuestrados y torturados. Lo realmente revolucionario fue el amor con que lo vivió cuando el fracaso de su proyecto de vida y de  amor radical le trajo azotes, escupitajos,  tortura y muerte de la mano de aquellos a quienes había curado, consolado y cuestionado. Cuando no lograba comunicarse con  su Padre amado, cuando no encontraba sentido a nada siguió amando. Un ser humano con tal radicalidad de amor solo puede ser Dios. Su prédica,  que demandaba cambios personales, supuso una crisis radical para la situación política y religiosa de la época y lo llevó a la muerte en la cruz. La resurrección le dio la razón.

En qué Dios creemos. ¿No será que lo hemos hecho a nuestra imagen y semejanza?
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