Cuando a la Reserva le preocupa el estado de la economía, básicamente responde imprimiendo más de ese papel verde, y usándolo para comprar bonos a los bancos. Entonces, estos usan el papel verde para prestar más, lo que causa que las empresas y los hogares gasten más, y se expanda la economía.
Hace cuatro años, un economista académico llamado Ben Bernanke escribió en coautoría un ensayo técnico que pudo haberse titulado “Cosas que la Reserva Federal podría intentar si está desesperada”, aun cuando ello no habría sido evidente a partir del título real: Monetary Policy Alternatives at the Zero Bound: An Empirical Investigation (Alternativas para la política monetaria en el límite cero: una investigación empírica.).
En la actualidad, la Reserva está desesperada en efecto, y Bernanke, como su presidente, está poniendo en práctica algunas de las sugerencias del ensayo. No obstante, por desgracia, es probable que las acciones de la Reserva de Bernanke –aun si no tienen precedentes por su alcance– no sean suficientes para detener la espiral descendente de la economía.
Y si tengo razón en esto, hay otra implicación: la economía desagradable de la crisis financiera pronto creará también una política desagradable.
Para entender lo que está pasando, se tiene que saber un poco acerca del funcionamiento, en general, de la política monetaria.
El poder económico de la Reserva descansa en el hecho de que es la única institución con el derecho a agregar a la “base monetaria”: pedazos de papel verde con el retrato de presidentes muertos, más depósitos que bancos privados tienen en la Reserva y pueden convertir en papel verde a voluntad.
Cuando a la Reserva le preocupa el estado de la economía, básicamente responde imprimiendo más de ese papel verde, y usándolo para comprar bonos a los bancos. Entonces, estos usan el papel verde para prestar más, lo que causa que las empresas y los hogares gasten más, y se expanda la economía.
Este proceso puede ser casi mágico en sus efectos: un comité en Washington da ciertas instrucciones técnicas a una oficina de comercio en Nueva York, y de buenas a primeras, la economía crea millones de empleos.
Sin embargo, hay veces que no funciona la magia. Y esta es una de ellas.
Estos días, es raro pasar una semana sin escuchar algo sobre otro desastre financiero. En esto, algunas cosas son inevitables: no hay nada que Bernanke pueda o debería hacer para evitar que pierda dinero la gente que apuesta a los precios cada vez más altos de la vivienda. Sin embargo, la Reserva está tratando de contener el daño provocado por el colapso de la burbuja de la vivienda, evitando que cause una recesión profunda o que haga naufragar los mercados financieros que nada tuvieron que ver con los bienes inmuebles.
Así es que Bernanke y sus colegas han estado haciendo lo habitual: imprimiendo papel verde y usándolo para comprar bonos. Por desgracia, la política no está teniendo grandes efectos en las cosas que sí importan. Las tasas de interés de los bonos gubernamentales bajaron, pero el caos financiero ha hecho que los bancos tomen riesgos involuntariamente, y es cada vez más difícil, no más fácil, que las empresas obtengan dinero prestado.
Como resultado, es casi seguro que haya fallado el intento de la Reserva por prevenir una recesión. Y cada nuevo dato económico –como la noticia de que cayeron las ventas al menudeo el mes pasado– se suma a los temores de que la recesión será tanto profunda como prolongada.
Así es que la Reserva está siguiendo una de las opciones sugeridas en ese ensayo del 2004 en cuanto a las cosas que hay que hacer cuando la política monetaria convencional no está tomando ningún impulso. En lugar de seguir su práctica usual de comprar solo deuda gubernamental estadounidense segura, la Reserva anunció que colocaría 400 mil millones de dólares –casi la mitad de sus fondos disponibles– en otras cosas, incluidos bonos respaldados, sí, con hipotecas inmobiliarias. La esperanza es que este movimiento estabilice los mercados y termine con el pánico.
Oficialmente, la Reserva no comprará directamente títulos respaldados con hipotecas: solo los está aceptando como colaterales a cambio de préstamos. Sin embargo, es definitivo que está tomando algunos riesgos hipotecarios. ¿Es esto, hasta cierto punto, un rescate bancario? Sí.
No obstante, eso no es lo que me preocupa. Me inquieta más que a pesar de la magnitud extraordinaria de las acciones de Bernanke –hasta donde yo sé, ningún banco central de un país avanzado se ha expuesto alguna vez a este gran riesgo en el mercado–, la Reserva aún no se las pueda arreglar para controlar la economía. Verán, 400 mil millones de dólares suenan a mucho dinero, pero aún es poco en comparación con el problema.
En efecto, los primeros rendimientos de los mercados crediticios han sido decepcionantes. Los indicadores de la tensión financiera como el “TED spread” o medida de liquidez (no pregunte) son un poco mejores de lo que eran antes del anuncio de la Reserva, pero no demasiado, y las cosas no han retornado para nada a la normalidad.
¿Qué tal si esta iniciativa falla? Estoy seguro de que Bernanke y sus colegas están considerando con desesperación otras acciones que puedan llevar a cabo, pero la Reserva no tiene demasiado espacio de maniobra –sus recursos son limitados y su mandato no se extiende al rescate de todo el sistema financiero– para lo que puede hacer cuando se enfrenta a lo que cada vez más parece ser una de las mayores crisis financieras de la historia.
El siguiente paso dependerá de los políticos.
Solía pensar que los temas más importantes a los que se enfrentaría el próximo presidente serían cómo salirnos de Iraq y qué hacer en cuanto a la atención de la salud. No obstante, en este momento, sospecho que el problema más grande del gobierno siguiente será dilucidar qué partes del sistema financiero rescatar, cómo pagar las cuentas por la limpieza y cómo explicar lo que está haciendo a un público enojado.
© The New York Times News Service.