jueves 20 de marzo del 2008 Columnistas

Plurinacionalidad y autonomías

Según una de las acepciones del término nacionalidad que aparece en el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, nacionalidad es una “Comunidad autónoma a la que, en su Estatuto, se le reconoce una especial identidad histórica y cultural”. El Estatuto al que se refiere la definición es el de autonomía, propio del sistema español, verdadera Constitución local en su interpretación honesta no separatista.

El planteamiento de plurinacionalidades en el Ecuador, desde esta perspectiva, ni siquiera exige la discusión de si se requiere previamente de una nación. Una identidad histórica y cultural no constituye por sí sola una nación. De allí que sostener que un Estado plurinacional es la antesala para el reconocimiento de varias naciones en el interior del Estado ecuatoriano y el preámbulo para su desintegración, no es otra cosa que un pretexto muy bien dibujado para en realidad oponerse a la vigencia de un régimen de autonomías que garantice el reconocimiento de la diversidad, pero siempre dentro de la indisoluble unidad del Estado ecuatoriano.

¿Cuál es la trascendencia de calificar al Ecuador como un Estado plurinacional si de la mano no se concibe un régimen autonómico? Lo diré sin ambages: ninguna. Si no existe una profunda distribución del poder político que reconozca la innegable diversidad de los ecuatorianos, a través del reconocimiento de su capacidad legislativa y de la máxima descentralización en el sistema de toma de decisiones, se estará allí sí amenazando la integridad del Estado.

Es verdad que especialmente en las “nacionalidades indígenas” existe un afán lógico de que se respete su visión de la vida y con ello sus prácticas ancestrales que, en algunos casos, están reñidas con los adelantos del sistema universal de protección de derechos humanos que prohíbe, por ejemplo, las penas infamantes (el azote público con ortiga); pero de allí a pretender que el reconocimiento de la diversidad va a terminar desintegrando el país dado que será inviable la articulación de los diversos niveles de gobierno en concordancia con una línea de planificación nacional,  necesaria para terminar con las iniquidades, constituye únicamente lenguaje de tecnócratas que no resuelve el día a día de los más pobres y que no proporciona posibilidad alguna especialmente para los miles de jóvenes en edad de producir que miran con indignación la inexistencia de fuentes de trabajo y que ahora más que nunca necesitan de lugares en los cuales trabajar.

Creo que la gravísima crisis que soporta el país, que parecería no se aprecia desde Montecristi, con una Asamblea más preocupada por discutir si “la naturaleza es sujeto de los derechos específicos establecidos en su beneficio”  y no en beneficio de las personas, terminará por ahogarnos a todos durante los próximos meses en un mar de desolación. Basta con mirar los rostros de los niños de las inundaciones para constatar que algo se está haciendo mal.

Por ello es urgente discutir las cosas verdaderamente trascendentes y hacerlo sin temor. Por mi parte, apoyo la definición del Ecuador como un Estado plurinacional, caracterizado por el respeto de la diversidad, materializado en la implementación de un régimen de autonomías solidario.
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