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‘Tierra sagrada…’ |
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Luego de uno de los más grandes fiascos internacionales –que acá llaman “victoria diplomática”– parecería que nos seguimos hundiendo.
Ya es grave que nos digan en público lo que nos dijeron, pero peor es que termine siendo cierto. Es probable que casa adentro funcione el armar escándalos para ocultar escándalos, o descalificar a los oponentes (“antipatrias”, “mentirosos”...) para desprestigiar sus argumentos. Pero en el escenario internacional donde no hay balcones eso no funciona.
A pesar de los esfuerzos oficiales, lo cierto es que el mundo ya volteó la página de la incursión de Colombia. (Ha habido y habrá, por supuesto, las consabidas reprimendas…). Y lo hizo porque este tipo de acciones son frecuentes en situaciones similares. No es la primera vez, ni será la última, que un Estado se ve forzado a ingresar al territorio de su vecino para destruir “bases externas” de rebeldes allí instaladas; campamentos que los estados anfitriones no los eliminan por ineptitud o complicidad.
Estudios del profesor Idean Salehyan, por ejemplo, constatan que durante los últimos años estas “bases externas” se cuentan por decenas, muchas de las cuales han generado incursiones como la colombiana. Demuestran, además, que la existencia de estos santuarios facilita la prolongación de los conflictos internos, y que, en ocasiones, los propios estados terminan arrastrados a una guerra.
La página que no se ha volteado, sin embargo, es la de nuestra pasividad ante el tipo de organización involucrada. Nuestro huésped es un cartel de narcotraficantes armados, dedicado al terrorismo más cruel, repudiado por Europa y el resto del mundo como terroristas (menos por Chávez y su escuelita), y no una organización política.
La otra cosa también inusual es ese espectáculo que estamos dando de pretender tapar con insultos, amenazas y gritos antiyanquis el sol de evidencias en nuestra contra. Así como la insistencia de que Colombia resuelva “su problema” pero siguiendo nuestra fórmula, o de que Uribe transija con un grupo derrotado.
La poca seriedad de estas acrobacias es también síntoma de algo más profundo. La falta de una posición consistente para enfrentar este problema, que es por esencia un problema transnacional, esa actitud de nuestra dirigencia que por comodidad, temor o dinero –y ahora quizás por simpatía– optó por imitar el avestruz, nos revela como un Estado fallido. Más que la selva de la frontera es nuestra selva política e institucional el problema.
Solo un Estado fallido pudo haber permitido que las FARC hagan de nuestra “tierra sagrada” casa propia, con pijamas, corrales de aves y criadas. Solo un Estado fracasado permitiría que las “estudiantes” mexicanas salgan libres como angelicales niñas que dieron con el campamento de Reyes como dar con una discoteca.
Hasta ahora Washington y la comunidad internacional han ignorado al Gobierno ecuatoriano y sus bravatas, y han comenzado a apuntar sus dardos hacia Caracas. Saben que allá está el dueño de todo este circo. Y él sabe que está en apuros, pues, a diferencia de nosotros, allá los tambores de guerra no han mejorado su popularidad. |
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| Alicia Miranda de Parducci |
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