‘Desubicados’ quizás sería el término preciso para catalogarlos. Entran como que estuvieran en su casa y en el minúsculo descuido se comen nuestra comida. No las sobras ni las migajas olvidadas afuera del plato, sino la comida que con esfuerzo los turistas cuidan, por lo cara que es. ¿Desubicados? ¿Sinvergüenzas? ¡No! Aquí los únicos infiltrados somos los humanos, pues los cucubes de Galápagos (pajaritos de color oscuro, especie endémica en Ecuador) están en todo su derecho a posarse donde les dé la gana, a comer del plato que les plazca y el menú que les apetezca.
La llegada a la capital de Galápagos, Puerto Baquerizo Moreno, en la isla San Cristóbal, fue el inicio de una travesía de cinco días y cuatro noches, sin guía oficial o paquete previamente contratado. ¿El objetivo? Transitar los rincones de San Cristóbal y Santa Cruz, esperando conocer –con poco presupuesto– la mayor cantidad de sitios turísticos.
Pescado con papas
Puerto Baquerizo Moreno es la capital y el poblado más antiguo del archipiélago. Hogar de montones de lobos marinos que engalanan las orillas de las playas.
A los bañistas que toman el sol poco les sorprende que de repente se les acerque un lobo marino a revolcarse en la arena caliente. ¡Nadie debe tocarlos!, advierte Eugenia Logroño, guayaquileña, dueña de una boutique en la isla. “A veces la gente olvida las normas. ¿Qué parte de ‘no tocar a los animales’ no entienden?”, arremete en tono enérgico, alguien que dice promulgar un turismo con responsabilidad ecológica.
Empieza la tarde del viernes. Son las 13:00 hora insular, 14:00 en Ecuador continental. Habíamos reservado el hotel Chatam (av. Armada Nacional y A. Northia) a 2 minutos del aeropuerto y $ 30 la noche. Si busca algo más económico, en el malecón encontrará hoteles de $ 10 la noche, con balcones de ventanales grandes frente al mar.
Algunos incluyen desayuno, otros en cambio, ofertan un solo precio con las tres comidas incluidas ($ 2 y $ 2,50 c/u). Anita de Olaya, del hotel Albatros (en el malecón Charles Darwin), trabaja con su comadre propietaria de un restaurante con sazón casero. “Es que acá la comida es cara”, comenta Anita.
Más tarde, una vez ambientados en la realidad económica de Galápagos, supimos que el éxito del ahorro radicaba en ir por las calles y muelles preguntando a los colonos qué sitios visitar y la forma más barata de hacerlo.
Casa de Tarzán
Ellos. Los que se rascan el ala, los que toman sol –textualmente– patas arriba, los que comen comida ajena sin pedir permiso, los que con levantar la cabeza y poner mirada intimidante advierten “¡ojo por donde pisas! Este es mi territorio”, los que nadan por entre las piernas de los curiosos... Ellos son los animales del archipiélago. Diestros en capturar la atención humana, quienes tienen a los visitantes ‘babeando’ por acercarse, por tomarse aunque sea una foto a medio metro de distancia.
Las Islas Encantadas permanecen grabadas en la retina de quien viaje por primera vez. Por segunda, tercera, quinta vez también. Víctor, nuestro fotógrafo, ha estado aquí en cuatro ocasiones, sin embargo, lleva una hora en cuclillas queriendo producir el encuadre perfecto: pelícanos+leones+garzas+hombres.
El sol de las 16:00 pega fuerte. Gilmar Payo en su taxi de camioneta blanca doble cabina (acá los taxis son iguales), nos lleva a conocer la ciudad. El malecón restaurado desde el 2006, los niños colonos jugando a quién nada más rápido hasta el yate anclado, el mercado de artesanías, el centro de interpretación del Parque Nacional, la lobería (donde abundan leones marinos), Puerto Chino (playa de arena fina y blanca perfecto para nadar y hacer snorkel).
Usted pagará de $ 5 a $ 15 la carrera de taxi. Si va en grupo le saldrá más económico. Quisimos conocer La Casa de Tarzán subiendo un sendero de plantaciones de café, en Progreso, parroquia rural de San Cristóbal. Ingresar a esta casa de madera sobre el árbol más antiguo y grande de Galápagos tiene un valor de $ 0,50.
Dos minutos cuesta arriba, desde el mirador La Soledad se observan los islotes delante del ocaso. Sector rodeado de árboles de pomarrosa, fruta (riquísima) de clima cálido que cae por montones al suelo. Coma cinco y guarde diez, para que no se desperdicien.
La pastilla
El viaje desde Puerto Baquerizo hacia Puerto Ayora en la isla Santa Cruz es en fibra (bote pequeño). Dura tres horas, cuesta $ 30 y aunque los guías juran que no “se siente nada”, la verdad es que el mareo es relativo. Para evitarlo es mejor tomar una pastilla para el mareo una hora antes de embarcar y animarse a disfrutar viendo delfines y tiburones.
Puerto Ayora es el centro económico del archipiélago donde abundan hoteles, restaurantes, bancos y cibercafés. Se quedó detenido en el transcurso del tiempo pero tomó para sí toques cosmopolitas venidos de Alemania, Francia, Italia, Inglaterra, Estados Unidos. El tañido de las campanas de la iglesia franciscana del malecón llamando a misa de 07:00 y 19:00, es tan fuerte que despierta hasta los ateos.
Vilma Lucio, del hotel New Elizabeth ($ 20 la noche sin desayuno), nos dirige a las habitaciones frente al mar, junto a The Rock, un bar de puros extranjeros. Estas son sencillas, sin control remoto del televisor, con un amplio balcón y un asiento de cuero afuera de cada cuarto.
Son las 12:00 de un sábado. Avanzamos caminando hacia la estación Charles Darwin (donde se desarrollan esfuerzos para proteger las especies y programas de crianza de tortugas gigantes), aunque hay quienes prefieren ir en bicicleta a $ 3 la hora de alquiler. Las artesanías repletan las calles, los pelícanos esperan su ‘presa’ de pescado parados impacientemente en Pelican Bay. En este camino de ahorro y negociación de precios el camino es arduo. Uno dice “no voy gastar, no voy a gastar”, mas, en Puerto Ayora venden tantos artículos ingeniosos que cuesta trabajo cumplir la promesa.
La playa La Estación (a un costado de la Estación Charles Darwin) es una pequeña playa de fácil acceso al mar. Podrá hacer snorkel y nadar con las rayas. Luego, podrá terminar el día deambulando por la ciudad, saboreando un helado del Café de Hernán ($ 0,85) en la avenida Baltra, degustando un encocado de langostinos en el sector de los quioscos (calle Charles Binford) a $ 10,50 o tomándose una cerveza a $ 2,50 en Café Limón, La Panga o Bongo Bar.
De tin marín / de do pingüé
Los días restantes son tours a full. Diríjase antes de las 09:00 al muelle. Párese en la punta (cerca de las bancas) y verá cómo los guías colonos le llueven con ofertas. No se quede con la primera, a ellos les gusta negociar. ¿Cuántos son ustedes?, ¿y si le dejo más barato?, ¿qué sitios desean conocer?, ¿quisieran hacer pesca recreativa?, ¿no gusta repetir el tour de ayer? Los paquetes oscilan entre los $ 15 y $ 120, dependiendo de la cercanía del lugar y del número de pasajeros.
En fin, la experiencia de nadar en el Canal de los Tiburones enfría la sangre, aunque sea con tintoreras (tiburones de hasta 5 metros), que comúnmente se alimentan de peces pequeños.
El Canal del Amor y su acogedora cueva, la playa de los perros con cientos de iguanas marinas negrísimas. Las grietas formadas por fisuras de lava que forman dos paredes gigantes atravesadas por un brazo de agua cristalina salobre y agua de mar, ideal para los clavadistas arriesgados o nadadores principiantes.
El Garrapatero (al este del sector Bellavista), playa virgen de agua turquesa, donde se ubica una laguna con flamingos, patos de cuello negro, pinzones y aves migratorias. Y la famosa Tortuga Bay, playa a la que llegamos luego de caminar por una hora (2,5 km desde el centro de Puerto Ayora), con una botella de agua, en medio de túneles naturales formados por árboles. A decir de muchos, la más hermosa del mundo. Una roca divide la playa en una pequeña calmada rodeada de manglares, otra con fuertes olas y una intermedia de aguas transparentes, oleaje suave y arena que simula deshacerse en las manos.
Acá nada es apurado. Todo transcurre tranquilo. Tres, cuatro, cinco días es poco para disfrutar de las islas, que al primer instante estimulan nuestros sentidos con la presencia de criaturas sacadas de la imaginación de un cuentista y la geografía inédita de un paraíso.
Place retroceder el tiempo cinco días atrás, mientras esperábamos en el aeropuerto de Guayaquil antes de venir a Galápagos, solo para comprar comida enlatada y ahorrarnos varios almuerzos, con tal de quedarnos, con el permiso de nuestros jefes, una semana más.