El exilio es uno de los castigos más duros que ha inventado la humanidad. Aunque en algunos casos ha sido fuente de creatividad humana y objeto de grandes reflexiones, siempre ha sido causa de profundo sufrimiento.
En la antigüedad el destierro significaba prácticamente la muerte, pues las condiciones en que la vida corría eran tan interdependientes, que una vez fuera de su comunidad era casi imposible que el exiliado pudiese sobrevivir.
En Roma se los enviaba a los confines del Imperio para que vivan con los bárbaros. Pocos lograban resistir el dolor que esto significaba y optaban por el suicidio. Otros pudieron vencer la infamia. Parece que Ovidio, por ejemplo, encontró a Dios en el exilio. Una experiencia narrada magistralmente por Vintila Horia en su famosa novela Dios ha nacido en el exilio (1960).
Dante, otro famoso exiliado, inmortalizó en la Divina Comedia el dolor del destierro. “Tu lascerai ogni cosa diletta / piú caramente; e questo è quello strale/ che l’arco dello essilo pria saetta.// Tu proverai si come sa di sale/ lo pane altrui, e come è duro calle/ lo scendere e ‘l salir per la altrui scale.” (“Dejarás todo lo que amas/ más entrañablemente; que es el primer infortunio/ que se sufre en el destierro// Probarás cuán amargo/ es el ajeno pan, y qué enojoso el camino/ cuando hay que subir y bajar escalera extraña”) Paraíso. Canto XVII, 55-60.
Uno de las comunidades que más sufrió el exilio fue la española leal con la República. Muchos de ellos se instalaron en México. La reciente novela de Jordi Soler, La última hora del último día (editorial RBA, Barcelona, 2007) narra las experiencias de una comunidad de cinco familias de catalanes que decidieron exiliarse en medio de la selva veracruzana, en México, donde instalaron una plantación cafetera, a la que llamaron La Portuguesa.
Allí, en La Portuguesa, nació el propio Soler en 1963 y allí vivió hasta sus 12 años para luego radicarse en Ciudad de México, después en Toronto y desde el 2002 en Barcelona.
En La Portuguesa estos catalanes nunca dejaron de ondear la bandera republicana ni hablar el catalán. Hasta llegaron a hacerle vudú a Franco para ver si se moría.
El protagonista de la novela realiza un viaje de regreso a La Portuguesa, que resulta ser, a la vez, el lugar de su nacimiento y también de su destierro. Allí aún vive un anciano catalán que había optado por quedarse a pesar de la transición española.
Aunque su regreso a La Portuguesa lo emprende a insistencia de su madre para solucionar un asunto legal de un terreno, el viaje termina como un reencuentro del protagonista con su pasado en el que seguía atrapado.
“Por muy lejos que me vaya, aquella selva siempre acaba alargando su tentáculo que me lleva de regreso”. De hecho, uno de los móviles del viaje es visitar a una chamana que había jugado un papel importante en la vida de los catalanes para ver si ella le podía sanar un ojo, algo que los médicos en España no habían logrado hacer.
Con intensidad y algo de humor Soler se adentra en esa ambivalencia propia del exilio. No eran estos catalanes ni de España, donde no podían regresar, ni de México, donde eran vistos como invasores por los locales y donde las autoridades los extorsionaban bajo la amenaza de deportarlos.
El protagonista descubre al regresar que la selva lo había devorado todo, salvo la casa del último resistente y su raído lábaro republicano que aún ondeaba.
“Aquello era el trópico, la selva que todo lo pudre y lo carcome, el paraíso corrompido por las alimañas y bichos insalubres, y las plantas y las raíces y las extensiones nudosas de esas plantas que si no se las troceaba todo el tiempo con el machete podían acabar devorándose el camino y las casas”.
Había sido una fuerza demasiado grande para vencerla. A pesar de la lucha que dieron estos catalanes, al final terminaron derrotados. Es la derrota del individuo que muchas veces, como lo anota Roland Jaccard, termina exiliado de sí mismo, frente a las fuerzas enormes de la modernidad que parecen dificultar toda relación social.
Soler, quien dirigió un popular programa de rock en México, ha escrito también Los Rojos de Ultramar (Alfaguar, 2004), traducida al francés, y cuya lectura también la recomendamos.