La colorida pintura de un sonriente Simón Bolívar y la frase “No hay mejor medio de alcanzar la libertad que luchar por ella” da la bienvenida al cubículo de la Cátedra Simón Bolívar, en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
Es un cuartito que está cerrado bajo llave. Los activos estudiantes que lo ocupaban no han vuelto a abrir. “Hasta la fecha no se han aparecido los sobrevivientes de ese colectivo que no fueron a Ecuador. Están bien asustados. El lunes vi a unos, me preguntaron si no había visto si los andaban buscando”, relata Francisco Cerezo, el estudiante que comparte con ellos unos metros cuadrados del cubículo.
A Cerezo los directivos de la UNAM le dieron permiso para utilizar su espacio para vender café y así promover y financiar la excarcelación de sus hermanos que, desde hace más de seis años, están acusados por el Gobierno de ser guerrilleros del Ejército Popular Revolucionario (EPR) –como sus padres– y de haber puesto una bomba; ellos se dicen inocentes.
En el espacio contiguo otro grupo montó la videoteca Víctor Jara (cantautor chileno asesinado durante el golpe militar en Chile), que ofrece a la renta películas y documentales hollywoodenses y de protesta social.
Detrás de una falsa pared de tablarroca, bajo llave, se encuentra la Cátedra Simón Bolívar, el espacio cedido por las autoridades universitarias a jóvenes que oficialmente se dedican a promover la unidad latinoamericana para oponerse al imperialismo –como varios en la facultad–, aunque con especial énfasis en la situación colombiana.
Desde ese espacio, un puñado de estudiantes promovía “cine militante”, organizaba conferencias sobre Latinoamérica o protestas ante embajadas. Según la actividad, firmaban como Cátedra o Cine Club Benkos Biohó –en memoria de un esclavo africano que se hizo guerrillero en Colombia– o como Centro de Documentación y Difusión Libertador Simón Bolívar o Movimiento Mexicano de Solidaridad con las Luchas del Pueblo Colombiano. Otras veces, las menos, firmaban: Núcleo Mexicano de Apoyo a las FARC.
Al menos tres estudiantes de la Cátedra Bolivariana murieron el 1 de marzo, durante el bombardeo del Ejército colombiano a un campamento de las FARC en Ecuador. Los muertos: Juan González del Castillo, Fernando Franco Delgado y Verónica Natalia Velázquez Ramírez fueron identificados por la UNAM como alumnos; también estaba Soren Ulises Avilés, del Instituto Politécnico Nacional. Lucía Andrea Morett Álvarez, la aplicada estudiante de teatro que lideraba el grupo universitario, se recupera en Quito.
Entre los anuncios puestos en las pizarras de avisos de la facultad se podían leer en febrero los afiches de invitación al II Congreso de la Coordinadora Continental Bolivariana (CCB).
“Ahí estaban los pósters”, dice Cerezo. El evento interesó a unos cuantos, entre ellos, a los miembros de la Cátedra Simón Bolívar que formaban parte del Capítulo México de la CCB.
Los estudiantes que viajaron a Ecuador no eran los únicos ‘bolivarianos’ presentes en la facultad. Hay otros pero, aunque promovían los mismos valores, tenían una diferencia: “Ellos estaban muy concentrados en el tema Colombia, eso sí me queda claro”, cuenta el alumno de Estudios Latinoamericanos, Ismael Hernández, del Movimiento Bolivariano de México.
A su espalda, Hugo Chávez, sonriente, mira desde un afiche. A un costado, el nicaragüense Daniel Ortega envuelto en un corazón. Más abajo, el mexicano Manuel López Obrador. “Pensábamos parecido, pero nosotros tenemos un interés más amplio en América Latina”, aclara.
En la UNAM, la mayor universidad de América Latina con 220 mil estudiantes, no es raro que los grupos de las más variadas ideologías –especialmente de izquierda– tengan oficinas en este centro. Por ejemplo, después de la masacre estudiantil de 1968 perpetrada por el Ejército se otorgó a los alumnos un cubículo que bautizaron como Carlos Marx; aún se mantiene.
Tras la huelga de un año (1999-2000) en la que los alumnos se opusieron al pago de inscripción (la UNAM es gratuita), varios se quedaron con espacios. El auditorio Che Guevara, el más importante de la facultad, está “tomado” desde entonces por los “ultras” y ni siquiera cuando la Policía entró a disolver la huelga pudo recuperarlo. Ahora es galería, cafetería, sala de cine, sede y hasta vivienda.
Es una explosión de corrientes ideológicas: los “pingüinos zapatistas”, los marxistas, los alfabetizadores populares, las feministas, los artistas autónomos, los comercializadores de café zapatista, los pro-presos políticos, los bolivarianos...
Compañeros y algunos maestros de los universitarios defienden que los jóvenes estaban haciendo sus tesis sobre las FARC. “Somos investigadores, no guerrilleros”, reza un letrero colocado en un pasillo de la facultad.
La estudiante Frida Espejel dice que cualquier alumno podía haber estado en una base guerrillera, pues su objeto de estudio son los movimientos sociales, “legales o clandestinos”, y muestra un mural que exhibe tesis “subversivas”: El problema de las guerrillas en Latinoamérica, El socialismo en la discusión latinoamericana a partir de la resistencia anticapitalista: revolución cubana, EZLN y FARC-EP, Colombia y las FARC-EP: testimonio del Comandante Jaime Guauca...
Espejel dice que respeta a las FARC: “Es un grupo que pretende transformar las condiciones de vida de Colombia y la realidad de pobreza y opresión”.
“Lucía estaba clavada en la expresión del teatro colombiano. Una de las expresiones populares más amplias son las FARC. Ellos tienen una producción teatral interesante y eso fue lo que ella iba a estudiar”, afirma Hernández, pro Chávez, pro Evo, pro Correa, pro Ortega.
Cerezo recuerda a Lucía como la alumna que pedía salones para sus eventos ante las autoridades; a Juan y Fernando como grandes bebedores de café.
La Cátedra Simón Bolívar está cerrada por el momento. Los que la conocieron dicen que las siglas FARC-EP están pintadas en las paredes, donde también hay un póster de Marulanda y la bandera del grupo armado.
En ese cubículo se distribuía Voz Bolivariana, un folleto en cuyo número de noviembre del 2006 se publica un artículo que exalta el arte en campamentos guerrilleros (“Untar mis pinceles con mis sueños guerrilleros para pintar el amor y lo grande del universo”) y la obra de Inti, “una combatiente de las FARC que en condiciones de guerra” encuentra espacios para pintar.
Esa oficina también era centro de venta de los ejemplares de Resistencia Internacional (la revista de las FARC) y de los libros Trocha de Ébano y La luna del forense, escritos por guerrilleros.
El profesor Híjar –quien se dijo director de la tesis de Morett– presentó el último libro.
Desde el local se organizó la exhibición de documentales como La guerrillera (la vida de una integrante de las FARC). Debajo de los anuncios de estas actividades aparecía la misma leyenda: Comunicarse con el Núcleo Mexicano de Apoyo a las FARC-EP al correo nmx_farc@hotmail.com o en el cubículo Libertador Simón Bolívar.
La puerta de la UNAM con la figura de Simón Bolívar permanece cerrada. Mientras, la verdad sobre cómo los estudiantes llegaron al campamento guerrillero continúa en la categoría de versión: la de quienes los defienden y que se refieren a ellos como investigadores sociales y de quienes los involucran con las actividades del grupo armado.
Textuales
Francisco Cerezo
ESTUDIANTE
“Si aquí (en México) la moda es ir a ver a Marcos (el subcomandante zapatista), ¿por qué allá no iban a querer ver a Reyes?”.
Frida Espejel
PASANTE DE FILOSOFÍA
“No puedo imaginar al segundo hombre de las FARC dando entrenamiento a un grupo de chamacos... Fueron porque vieron la oportunidad de entrevistarlo y si te la ofrecen, ¿quién la hubiera rechazado?”.