Curiosa, porque se me antoja que Cloverfield (Monstruoso) no es una película tradicional, sino algo más cercano al cine experimental.
Y si digo “algo” en vez de película es porque me parece que, más que un filme, se trata de una experiencia en sí misma. Una que excede los límites tradicionales de lo que todos conocemos como ir al cine a disfrutar una película.
Cloverfield no se disfruta, se padece.
Emocional y físicamente. Al punto de que, con las palomitas de maíz y la gaseosa deberían vender bolsas para mareo, porque el uso de la cámara de mano es desenfrenado e histérico.
Dirigida por Matt Reeves y producida por J. J. Abrams (Lost, serie televisiva) la cinta tiene un inicio totalmente prescindible.
Ha sido rodada en estudio y quizás admiren cómo se pueden construir ciudades y bichos en esas circunstancias pero a estas alturas, eso no debería ser suficiente.
El recurso de la cinta grabada sobre otra cinta es un punto a favor, así como el hacer rodar la cabeza de la estatua de la libertad sobre las calles de Mannhatan.
Cloverfield presenta unos efectos especiales espectaculares y los planos en los que aparece el monstruo o los edificios rotos y en llamas están muy bien conseguidos. Pero el guión es por demás superfluo, en la historia no hay ni casi principio, ni casi nudo, ni casi deselance.
Nada está resaltado, ni estructurado, ni constituye un mensaje de ningún tipo. Es simplemente un paréntesis en el discurrir del tiempo.
Su narrativa ficcional se diferencia de la historia justamente por eso.
Porque selecciona, enfatiza y reestructura con la intención de alcanzar un valor significante.
¿Miedo?, ¿pánico?... la amenaza a la que se enfrentan los protagonistas es tan falsa que no logra provocar en el espectador ni el más mínimo estremecimiento.