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| Francisco Febres Cordero | |
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Esta otra guerra |
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El país, otra vez, está en guerra.
Una guerra más larga, más amarga, más cruenta, que cualquiera otra conocida: ahora el enemigo, cansado de tanto agravio al que lo hemos sometido por la bárbara tala de los bosques, por las toneladas de desechos que hemos depositado en sus ríos, por los gases tóxicos que hemos esparcido en la atmósfera, nos cobra. Y nos cobra con toda la fuerza brutal que es capaz de desplegar.
Y nos cobra de manera ciega, hasta dejar solo desolación, enfermedad y muerte.
El enemigo, con cruda ferocidad, asola campos, ciudades, caseríos. Se lleva, en su torrente ciego, todo lo que encuentra al paso: vidas, viviendas, esperanzas.
La furia de la naturaleza es tal, que deja el horizonte poblado de dolor, de angustia.
Pero otra vez, como antes, son las adversidades las que a los ecuatorianos nos hacen olvidar las diferencias para que afloren esos sentimientos que nos muestran como un pueblo que tiene la solidaridad como bandera y que hacen que volvamos nuestra mirada al otro, a aquel más necesitado, para ofrecerle nuestra mano hermana.
Es en estos trances que nos sitúan al límite de la resistencia, cuando brotan en nosotros unas virtualidades que en otros momentos yacen escondidas.
Es en estos instantes que nos colocan de cara a la tragedia, cuando comprobamos que somos capaces de jugarnos enteros para acudir hacia donde una voz anónima nos grita por ayuda.
Esta vez la batalla la tenemos perdida: nos reconocemos impotentes para paliar la furia de esa naturaleza tan largamente violada por nuestra prepotencia: ella seguirá, feroz, cruel, arrasando durante el lapso incierto que dura su venganza.
Y nosotros, ante esa brutal arremetida, no contamos con más armas que nuestra solidaridad, que también es enorme. Es furiosa, y es ciega. Una solidaridad que no exige razones: que se expresa.
Una solidaridad que se contagia y crece para paliar tantas avalanchas con otras avalanchas de hermandad. Aunque sepamos que tenemos perdida la batalla, seguimos, necios, coadyuvando a restañar las heridas, albergando a los damnificados, protegiendo a los niños, consolando a los desheredados. Y despreciando también las bastardías de quienes buscan beneficiarse de la desgracia y, en acciones tan despreciables como aviesas, tratan de sacar réditos, de hacerse visibles a través de las dádivas, traicionando así a esos millones de seres anónimos que se despojan hasta de lo indispensable para ofrendárselo a su hermano.
Pasada la ira con que este feroz invierno nos acosa, llegará la hora de sellar la paz, que llegará límpida y sin nubes. Entonces nos quedarán unos ejemplos que no debemos olvidar: la mano abierta, generosa, puede seguir extendida hacia los otros, víctimas inocentes de un destino injusto, que yacen en la postergación, la enfermedad y el abandono. Y nos quedará –también nos quedará– la obligación de no avasallar la geografía, respetarla y cuidarla para evitar que vuelva a desquitarse tras tanta vejación y, regresando para cobrar la afrenta, nos enlute de muerte. Y de tristeza. |
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| Piedad Villavicencio Bellolio |
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| Guayaquil |
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