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¿A quién pedir perdón? |
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¡Hay alrededor nuestro tantas personas! Cada ser es un planeta con satélites dándole vueltas: familiares, esposo, esposa, hermanos, cuñados, hijos, allegados, novios, abuelos. ¿Podríamos pedirles perdón por aquellos momentos en que nos echaron de menos mas no estuvimos, desde luego perdonarles si los necesitamos en algún momento y no aparecieron?
Las colaboradoras del hogar a veces también reciben trato despótico, displicente, indiferente. ¿Sabemos dónde viven, cuáles son sus problemas, sus condiciones de vida? ¿Tenemos conciencia de lo que se oculta detrás del consabido “¿Mande”? ¿Las consideramos como si pertenecieran a una raza inferior o las integramos al hogar dándoles el respeto que exigimos de ellas? Me conmueve siempre conocer casas donde una señora canosa, arrugada, crió al señor –lo sigue llamando “niño”– y ahora ve por sus hijos.
¿Pedir perdón al posible Dios? Quien intentase seguir de cualquier forma a este ser del que tenemos tan alta idea nunca estaría equivocado. Se supone que simboliza bondad absoluta, justicia absoluta, amor absoluto; todos anhelamos orientarnos hacia aquellos valores como los girasoles o las alondras del padre Hugo Vásquez porque necesitamos aunque sea un norte: “Yo sé, mi Dios, que estás cerca pero no te puedo hallar. Busco un rincón para verte y todo es oscuridad”. Hasta los sacerdotes piden perdón a Dios cuando le reprochan no hacerse tan presente como quisieran. Desde una cruz salió aquella desgarradora queja: “Padre, ¿por qué me abandonaste?”. Hice alusión a Hugo Vásquez porque comparto con él aquella pasión por los girasoles que enloquecieron a Vicente Van Gogh, la alondra cuyo canto extravagante indicó a Romeo y Julieta hasta dónde podía llegar su éxtasis: “Noche con humedad de estrellas asombradas”.
¿A quién pedir perdón? Pues, a todos los seres amados que emprendieron el último vuelo hacia un destino desconocido. Quisiéramos que volvieran para corregir actitudes, modificar comportamientos, darles mucho más amor de lo que les entregamos. Palpamos tarde las equivocaciones en el camino, la herida causada, la palabra torpe, el tonto resentimiento, el tiempo perdido en estériles enojos. Pediremos perdón a los mutilados, ancianos de las esquinas, por haber nosotros adelantado el capó del automóvil con tal de no verlos más, a nuestras buenas intenciones también mochadas. Somos soberbios, nunca recordamos que todo lo que creemos poseer nos esclaviza.
Pediremos perdón por creernos esenciales, bondadosos, ejemplares, ocultando detrás de sonrisas almibaradas nuestro montoncito de basura, por regalar cosas en vez de entregar amor, por repartir caramelos en vez de dar esperanza, por firmar cheques en vez de obsequiar tiempo, por hablar tanto en vez de escuchar, por creernos inmortales hasta que llegue la hora, por evaluar la estatura de un hombre en centímetros en vez de auscultar su corazón, por pintar de gris el alma ajena sin ver la negrura de la nuestra. Las dos más hermosas frases en cualquier idioma son “te amo” y “lo siento”.
Pediremos disculpas por no saber pedir perdón, no reconocer nuestros errores, vivir una vida testaruda, consumista hasta la indecencia. Hoy es un nuevo día, la vida sigue su rumbo. El amor es mi norte. Lo demás poco importa. |
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| Piedad Villavicencio Bellolio |
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