Dmitri A. Medvedev fue electo Presidente de Rusia a principios de este mes gracias a la maniobra política de Vladimir V. Putin. Pero quizá la verdadera ganadora sea la globalización económica.
Desde diciembre de 1999 hasta finales de 2007, un periodo que coincide con la Presidencia de Putin, el valor del mercado bursátil de Rusia se incrementó de 60 mil millones de dólares a más de un billón de dólares.
La mayoría de los rusos no quieren a Putin, pero les encanta la Rusia de Putin. Les gusta ser de clase media. Les encanta planear para el futuro. No es consuelo para los perseguidos políticos, pero los salarios promedio en Rusia aumentan un 10 por ciento anual.
Los crecientes millones de propietarios de casas, vacacionistas e inversionistas rusos podrían parecer dispuestos al autoritarismo o sólo apolíticos. Pero definitivamente valoran un rublo fuerte, una inflación moderada, hipotecas al alcance del bolsillo, acceso a la educación superior, televisión satelital, conexiones de Internet, pasaportes, visas extranjeras y —sobre todo lo demás— nada de sobresaltos económicos.
Si Medvedev, de 42 años, ex asesor legal en un conglomerado ruso, puede continuar con todo eso, y de vez en cuando hace un espectáculo al enfrentar a Occidente, él, también, será un héroe. Después de casi diez años de fuerte crecimiento, el Kremlin enfrenta un dilema.
Las expectativas han aumentado, y ahora muchos rusos, aunque recelosos de desquiciar la estabilidad social, quieren no sólo un alto crecimiento, sino también una nueva modernización impulsada por la innovación y una actividad emprendedora más amplia. Quieren que todo su país alcance un nivel de vida europeo occidental, un estándar que, históricamente, muy pocos países han logrado fuera de la región.
Que la Rusia de Putin debe ser vista no como una democracia fallida sino como una triunfante economía de mercado con un “capitalismo muy burdo, brutal y alegre” es el argumento de “Getting Russia Right” (Comprendiendo correctamente a Rusia), un breve y práctico libro de Dmitri V. Trenin.
Trenin aconseja a los creadores de política estadounidenses que olviden lo que considera su intento de formar una “Internacional democrática”, a la que define como un reflejo exacto de la antigua Internacional Comunista, pero que busca unir a todas las democracias del mundo.
En lugar de ello, recomienda invertir en un nuevo club capitalista global, que incluya a Kazajstán y China, así como a Rusia.
¿Cómo es que Rusia, todavía un país que lidia con problemas como expectativas de vida relativamente bajas y alcoholismo, sea también, por primera vez en su historia, una tierra de generalizada posesión de propiedades y de consumidores rebosantes de confianza y orgullo?
En “Russia’s Capitalist Revolution” (La revolución capitalista de Rusia), Anders Aslund, un analista ruso (y ex colega de Trenin), argumenta que no debe concederse ningún crédito al político más popular de Rusia, Putin.
Por el contrario, Aslund, quien es originario de Suecia y tiene oficinas en Washington, insiste en que el crédito por el avance económico de Rusia debe adjudicarse a Anatoly B. Chubais, quien supervisó el programa de privatización gubernamental en los 90, cuando el país perdió aproximadamente el 40 por ciento de su producto interno bruto. Es una tesis audaz.
Aslund demuestra que no fueron las privatizaciones bajo Boris N. Yeltsin las que pusieron en movimiento el flagrante enriquecimiento de los conocedores. En cambio, muestra, fue un proceso iniciado bajo el ex Presidente soviético Mijail S. Gorbachov, y continuado posteriormente, para conceder a los cabilderos acceso preferencial a licencias de exportación de materias básicas en una época en que había una brecha entre los precios mundiales y los precios nacionales de muy baja regulación, lo que les permitió embolsarse una ganancia inesperada.
La globalización continúa siendo la gran oportunidad para Rusia. Sin embargo, es una oportunidad que no deja margen para la autocomplacencia.
El primer mandato presidencial de Medvedev, igual que el de Putin, proporcionará una ventana para importantes medidas de reforma, mucho tiempo detenidas, para sostener el surgimiento de Rusia. Necesitará recortar algunos impuestos y burocracia y reforzar al sistema legal.
Si Rusia va a hacer la transición a una economía más innovadora y emprendedora, como declaró Medvedev, debe hacer otras previsoras y complejas inversiones en el capital humano de Rusia: educación, cuidado de la salud, mejores condiciones para la empresa privada.
Lo que la Rusia de Medvedev necesita sobre todo, pero que Rusia nunca ha tenido, es lo que distingue a todos los países más altamente productivos e impulsados por la innovación: un buen gobierno.