En el catálogo de la maravillosa exhibición “Del The New Yorker a Shrek: El arte de William Steig” en el Museo Judío, en Manhattan, Maggie Steig, hija del artista, recuerda un juego que su padre solía jugar con ella: “¿Qué preferirías ser?”.
¿Preferirías ser un árbol (resistente, longevo, hogar para aves) o una flor (con una vida breve, pero emocionante, llevada en bodas, prensada en libros por princesas)?.
Qué preferirías ser, también preguntaba el padre de Maggie, “¿una rodilla o un codo?” “¿Una costra o una verruga?”
Aparte de ser una gran manera de enseñarles a los niños de todas las edades a sopesar las desventajas o ventajas de las flores y las articulaciones óseas, esa podría haber sido la manera en que Steig, caricaturista e ilustrador de la revista The New Yorker, se preparó para una asombrosa carrera como escritor de libros infantiles, que comenzó cuando tenía 60 años y duró hasta poco antes de su muerte, a los 95 años, en 2003.
¿Qué podría pasar si uno realmente obtuviera lo que desea y fuera convertido en una piedra gigante (“Silvestre y el guijarro mágico”)?
¿Qué tal si uno tuviera el poder de transformarse en una pieza de ferretería sin valor (“Solomon el clavo oxidado”)? ¿Qué podría pasar si uno se hiciera amigo de un hueso mágico que pudiera hablar muchos idiomas y cantar (“El hueso prodigioso”)?
¿Y qué tal si a uno le gustaran muchísimo las costras y fuera el héroe de un cuento de hadas (“¡Shrek!”)?.
En vista de lo que sabemos sobre las leyes de la transformación mágica, ninguna de éstas es una posibilidad particularmente probable. Ninguna siquiera aparecería en una lista breve de fantasías de niños o adultos.
Y sin embargo, durante mucho más de una década, me encontré esencialmente preguntándoles a mis pequeños: sobre qué preferirías escuchar, ¿la piedra o el hueso?
¿El ratón que entra a la boca de un zorro para curar una dolorosa caries (“Doctor de Soto”) o la rana que mezcla caldo de pollo, café, paprika y vinagre, se lo toma y se eleva (“Gorky se eleva”)?
La obscuridad en algunas de las imágenes de Steig con frecuencia es su objetivo principal; el placer es la sombra del dolor. Los libros infantiles se convirtieron en una manera para que él pudiera combinar y reconciliar estas ideas y sentimientos. Los animales son los personajes principales porque literalmente son fabulosos, condensaciones de rasgos personales, elementales hasta para un niño.
Pearl, la tierna cerdita que encuentra el hueso mágico, casi es engañada por una criatura elegante con una ramita de lila en la solapa. “Lamento tener que hacerte esto”, suspira el zorro mientras se prepara para cocinarla. “No es nada personal”.
Nunca estamos seguros del mundo adulto, excepto que tendrá tanto árboles como flores, codos y rodillas, costras y verrugas.
Y placeres impredecibles. La cerdita Pearl, rescatada de las garras del zorro por el hueso mágico, lleva al hueso a casa para que se una a su familia, “t todos tuvieron música cada vez que querían”, concluye Steig, “y a veces hasta cuando no querían”.