Sea lo que sea que Dennis Miller decida sembrar este año en su granja de 1.120 hectáreas, el mundo lo necesita. Los precios del trigo se han duplicado en los últimos seis meses. Los del maíz están en rápido aumento y los de la cebada, las semillas de girasol, la canola y la soya registran una fuerte alza.
“Finalmente hay una excelente razón para mostrarse optimista”, declaró Miller. Pero los precios que han renovado la fe de Miller en la agricultura provocan dolores de cabeza en el mundo entero. Abel Ojuku, sastre nigeriano, en Lagos, indicó hace poco que se había visto obligado a reducir el consumo de pan que tanto le gusta a él y a su familia.
En todas partes, aumentan los precios de la comida. La posibilidad de que el mundo enfrente un largo periodo de continuos incrementos se ha convertido en una de las problemáticas más apremiantes de la economía.
Numerosos factores contribuyen al aumento, pero el más importante de ellos es la rápida intensificación de la demanda.
En años recientes, las economías de los países del mundo emergente han crecido aproximadamente un 7 por ciento anual, cifra inhabitualmente elevada para los estándares históricos.
El intenso ritmo de crecimiento significa que, por primera vez, cientos de millones de personas tienen acceso a los elementos básicos de la vida, entre ellos una mejor dieta. Ese aumento en la demanda contribuye al encarecimiento de las materias básicas agrícolas.
Los agricultores del mundo entero hoy producen a su máxima capacidad. Se espera que las exportaciones agrícolas estadounidenses aumenten el 23 por ciento este año, a una cantidad récord de 101 mil millones de dólares. Las existencias mundiales de cereal se encuentran en su nivel más bajo en décadas.
A diferencia de un aumento similar de precios registrado en los años 90, los inversionistas en esta ocasión apuestan a que la escasez y los precios elevados durarán años.
De resultar cierto, es probable que redunde en graves problemas para el manejo de la economía estadounidense. El alza en los precios de los alimentos en Estados Unidos ya contribuye a alimentar una inflación reminiscente de los años 70.
Los aumentos podrían acarrear problemas aún más graves en el extranjero.
Los incrementos ya constatados privan de alimentos a los pobres, generan agitación social y originan incluso disturbios en algunas naciones.
A medida que las poblaciones recién urbanizadas y con mayor poder de compra buscan ingerir más proteínas y calorías, se observa en el mundo entero un fenómeno llamado “globalización alimenticia”.
La demanda por carne de cerdo crece en Rusia, al igual que por la res en Indonesia y los lácteos en México.
Aunque ha sufrido los estragos de años de agitación y aún cuenta con millones de pobres, Nigeria tiene una creciente clase media. El ingreso medio por persona se duplicó en la primera mitad de esta década y ascendió a 560 dólares en 2005. Gran parte de este aumento es gastado en comida.
Se cultiva poco trigo en Nigeria, pero sus habitantes han desarrollado un gusto por el pan, debido en parte a la mercadotecnia de los exportadores estadounidenses. Entre 1995 y 2005, el consumo per cápita de trigo creció más del triple en Nigeria y hoy asciende a 20 kilos por año.
La demanda también se elevó en muchos otros países, desde Túnez hasta Venezuela e India. Al mismo tiempo, sequía y competencia de otros cultivos limitaron la oferta.
Por ello, los precios del trigo se dispararon y, a lo largo del último año, el precio del pan ha aumentado alrededor del 50 por ciento en Nigeria. Ojuku y Mukala Sule, de 39 años, también sastre en Lagos, tratan de adaptarse a la nueva era.
“Tengo que comer pan y tomar té en la mañana. De otra forma, no estoy contento”, explicó Sule.
Por un desayuno que incluye un bolillo de pan, paga aproximadamente un dólar diario, el doble de lo que le hubiera costado la eba, galleta tradicional de mandioca.
Mientras tanto, en un momento en que gran parte de Estados Unidos contempla la posibilidad de una recesión, los agricultores prosperan. El Departamento de Agricultura pronostica que el ingreso agrícola este año será 50 por ciento superior al promedio de la última década.
La familia de Miller lleva más de un siglo cultivando sembradíos en las llanuras del oeste estadounidense. Una tarde, a principios de febrero, encendió la computadora de su oficina para comprobar qué precios de materias básicas estaban al alza.
“Dios mío, mira nada más esto”, exclamó Miller. La cebada se negociaba a 296 dólares por tonelada, cercano a un precio que lo incitaría a sembrar más. El precio de la soya ascendía a 473 dólares por tonelada, en comparación con 314 dólares en agosto pasado.
La principal sombra en este invierno de alegría es que los propios gastos de los agricultores aumentan rápidamente. Se han disparado los precios del diesel utilizado en los tractores y las cosechadoras, así como de los fertilizantes, esenciales en la agricultura moderna.
Read Smith, granjero de St. John, Washington, piensa que es el albor de toda una nueva era para todo tipo de cultivos. “Los repuntes de precios generalmente han sido breves”, expresó. “Creo que éste es diferente”.
Ofrece como ejemplo a la mostaza común y corriente. Hace dos años, hubiera recibido menos de 33 centavos de dólar por un kilo de semillas de mostaza. A medida que cultivos más lucrativos empezaron a sustituir a la mostaza, los negociantes aumentaron su precio de oferta a 44 centavos, 66 centavos y, finalmente 1,05 dólares a principios de 2008.
Smith cedió y aceptó convertir hasta 40 hectáreas de trigales en sembradíos de mostaza.
Smith consideró inevitable el hecho de que, en los supermercados, aumentara el precio de la mostaza, así como de la harina, el pan y la pasta.
“Hemos engañado al público con comida barata”, expresó.”Se acabaron las gangas”.