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Tour a la selva |
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En la entrada de la Facultad de Filosofía de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) se encuentra colgado un cartel que dice: “Somos investigadores, no guerrilleros”; el cartel es una especie de explicación que los compañeros de Lucía Andrea Morett tratan de dar luego de conocer que su compañera, la brillante estudiante, había resultado herida en el ataque en el que murió Raúl Reyes. Es comprensible la actitud solidaria de los estudiantes de la UNAM.
También es comprensible lo que dicen los padres de Lucía Andrea así como los de los otros estudiantes mexicanos al señalar que sus hijos eran solo estudiantes “inquietos” e interesados en conocer y analizar la perspectiva de este movimiento subversivo, a los que ciertos ideólogos de la vieja izquierda se desmadran tratando de llamarlos beligerantes, no por su propio nombre. En todo caso, Lucía Andrea, con sus jóvenes veintiséis años, sabía perfectamente a quién quería encontrar cuando en compañía de otros coterráneos viajó a Lago Agrio el pasado 28 de febrero con el fin aparente de llegar a un campamento de las FARC, travesía por la selva que no era inédita para ellos ya que semanas antes la habían ya realizado, siguiendo una hoja de ruta fácil de seguir y diseñar.
La historia, tal como va, podría pasar dentro de los capítulos que escriben aquellos jóvenes idealistas forjados en la suposición de que grupos como las FARC pertenecen a esos movimientos legendarios que luchaban por el bienestar popular, claro está combatiendo al imperialismo y todos los males que se le puedan achacar. Sin embargo, para los servicios de inteligencia mexicana hay algo más denso, más complejo que la simple novelería e intrepidez de un grupo de amigos universitarios que van a la selva en busca de esta nueva experiencia; para esos servicios de inteligencia, la historia encierra una trama con varios hilos sueltos entre los cuales se encuentra una estructura internacional de apoyo financiero y logístico a las FARC, con el aderezo especial de estos encuentros con quien en su momento era uno de los líderes principales del grupo subversivo.
En ese contexto, no llama la atención la actitud de ciertos voceros de grupos de derechos humanos para quienes lo único que le falta al Estado ecuatoriano es ponerle alas de arcángeles a las universitarias heridas en el ataque a Raúl Reyes. Lo que sí es incomprensible es que aquí nadie se haya percatado de la facilidad que tuvo el numeroso grupo de estudiantes mexicanos, no solo de participar en un congreso de grupos de izquierda que se celebró en la capital (lo que no debería constituir novedad a no ser que la reunión termine siendo medio de propaganda de un grupo subversivo), sino de movilizarse en la selva ecuatoriana y de reunirse con un líder principal de las FARC, casi, casi, como si se tratase de un tour a la selva de esos que se promocionan en otras partes, extremo, apasionante, exuberante, ideológico, combativo pero con la diferencia de que este era también trágico. En otras palabras no un tour a la selva, sino un tour a la muerte.
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