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| Cecilia Ansaldo Briones | |
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¿Dónde bebemos un café? |
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Ahora que estamos en tiempos de evocación de ciertos hechos vivenciales en torno de la pareja Sartre y Simone de Beauvoir y su grupo de amigos, que sembraron de actividades públicas y obras escritas varias décadas del siglo XX, veo oportuno reparar en una ausencia de lugares de conversación y encuentro en nuestra ciudad.
La mención de los escritores franceses viene a cuento de que ellos, rebeldes deliberados de una manera convencional de vivir, hicieron de las cafeterías sus espacios de discusión y de creación. Los turistas actuales saben que visitar el Cafe de Flore, en el barrio de Saint-Germain-des-Pres, en París, es un paso obligado que los llevará a recrear las naturales escenas de la década del cuarenta, cuando en medio de humo y al pie de una taza de la aromática bebida negra, los hoy famosos, escribían sin parar.
Los guayaquileños, tan bebedores de café como el que más, no tenemos esos indispensables lugares. Cuando surgieron –tengo en la memoria varios nombres, rincones pequeños con decoración cuidadosamente elegida, alguno hasta con butacones y cojines– qué factores habrán precipitado su muerte, con mucha rapidez. Pregunta válida a la hora del “¿adónde vamos?”, que llena de duda la cita con los amigos para –aclarémoslo con todo énfasis– conversar. O discutir un proyecto con los papeles en la mano. O escuchar un problema y dar nuestro contingente. O, en el obcecado caso de los escritores que conozco, hacer una rápida sesión de algo que podría parecerse a un taller literario.
Se me objetará que sí hay lugares. Se me dará una lista de nombres. Y yo opondré resistencia dejando de plano, afuera, cualquier local dentro de un patio o sector de un centro comercial (a menos que la cita se dé a las 10 de la mañana). El ruido, el tráfico humano, la dichosa música ambiental que parece un imperativo de los cultivadores de los problemas auditivos del presente, hacen imposible que en ese medio florezca el placer de la conversación. Por ese camino se van invalidando otros lugares. Conjeturo que los dueños o administradores dejan al arbitrio de sus empleados la elección de la “indispensable” música y van saliendo de los parlantes emisiones dignas de buseta o de lugar de copas, en las cafeterías.
Y tomar café puede ser un pretexto para concertar con la gente. Pero también es un arte en sí mismo. Exige investigación (el buen bebedor siempre está muy enterado de las posibilidades de consumo), acopio de grano diferente, máquinas especiales. El espresso que se ha impuesto en el mundo, ha acostumbrado a los paladares, y su preferencia empieza por la elección de la pequeña tacita artística que nos ponen por delante. Tal es la desatención en nuestra ciudad a este refinamiento, que conozco un lugar que lleva meses diciéndole al cliente que la máquina está dañada.
Como verán los lectores, para lugares de consumición hay variados gustos. En Guayaquil las iniciativas se han concentrado en la “zona rosa”, que está bien para la vida nocturna (sin embargo, siempre me he preguntado si no habrá también otra clase de clientes que aprovechen los locales durante el día). Yo creo más en el diálogo dado en ese círculo de afines que nos permite la rica exploración de la vida; ello requiere de ambientes, sonidos y sutilezas que están mucho más allá de un bar. |
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