viernes 07 de marzo del 2008 Columnistas

Enseñar la insumisión

El porte del presidente Rafael Correa frente a la agresión del poder estatal colombiano contra suelo ecuatoriano ha sido altivo, decidido y enérgico. Lo hemos visto pasar de una serena preocupación hasta mostrarse harto contrariado, según se iba recolectando la auténtica información sobre el ataque bélico fronterizo. Los ecuatorianos hemos sido testigos de la resuelta intervención del Primer Mandatario. Lo menos que nos toca reconocer es que tenemos un Presidente con acendrados principios, lo cual nos enorgullece ya que se trata de un gobernante joven que expone con firmeza sus conceptos y que, al comienzo, como es natural, está dispuesto a darle crédito a su homólogo colombiano, pero que, una vez constatada la mentira oficial, asume una posición diáfana en el esfuerzo por dar a la verdad un sitial preponderante en la política.

Siempre sostendré que las actuaciones públicas de los políticos (aparte de ser episodios que pueden revelar el haz infame del poder) deben ser tomadas como escenas pedagógicas que acunan una enseñanza y envían mensajes a la población.

Las intervenciones de los gobernantes son lecciones y proporcionan ejemplos. El mensaje del presidente Correa es uno de insumisión: ni Colombia ni Estados Unidos están por encima de nosotros. La advertencia que nos entrega es que el país, el lugar de trabajo, la escuela o la familia pueden ser genuinos ámbitos productivos y creativos si los miembros de esas comunidades practican la insumisión y promocionan la dignidad que brota cuando no se acepta la versión de la autoridad porque sí. Debemos aprender a cuestionar las jerarquías, los supuestos valores, las representaciones y los ideales.

Para esto se requiere de educación y de cultura. En 2006, en el agudo ensayo Identidad y formas de lo ecuatoriano, el erudito Juan Valdano escribía esto: “La educación fiscal que imparte el Estado es pobre, pervertidora e inmoral”; esto es, no hacía falta tomar una prueba de razonamiento lógico a los maestros para sorprendernos ante la ruina ancestral e integral de nuestros procesos y modelos educativos: la escuela ecuatoriana (me refiero también a la particular costosa) enseña sumisión como eje transversal de su currículo: sumisión a los prejuicios, sumisión a la palabra de la autoridad, sumisión a la nota, sumisión al inspector, sumisión al programa, sumisión a los adultos, sumisión a las formalidades. De esta manera, la infecunda calidad de la institución educativa condena a aquellos pobres que los gobiernos dicen defender.

El revés del rendimiento escolar de nuestros niños y jóvenes, y en esta ocasión de sus profesores, se debe a la injerencia de la politiquería en la educación fiscal. Para asegurar un respetable mañana de bien y pundonor, se necesita que el Gobierno nacional rompa con todas estas formas vergonzantes de control político sobre la educación que, pese al discurso aparentemente progresista y liberador, no han hecho más que apadrinar a maestros incompetentes y generar masas acríticas incapaces de detentar voz propia, lenguaje adecuado y formas corteses.

La enseñanza del presidente Correa es que incluso frente al poder militar más fuerte no debemos mostrar vasallaje alguno. Pero el aparato educativo es aún escuela de sumisión. Por eso queremos que nuestros jóvenes sean altivos, decididos y enérgicos cuando enfrenten sus retos en las luchas del futuro.
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