Hace unos días, mientras cambiaba de un canal de televisión a otro, me topé con gente joven que tocaba el piano. Un hombre barbudo y algo obeso interpretaba una sonata de Beethoven con movimientos ondulantes de los brazos, al tiempo que le ofrecía a la cámara sonrisas cómplices, muecas jubilosas, miradas fijas a la derecha y a la izquierda, y un balanceo suave de lado a lado. La siguiente persona, una joven, se sentó a tocar a Schumann, con la espalda inclinada, la cabeza levantada y la mirada fija hacia arriba. Tal vez Dios estaba sentado justo arriba, y ella aprovechaba la oportunidad para saludarlo.
Tuve que dejar de mirar. Podía escuchar, pero no soportaba ver. Dos artistas, cuatro ojos vidriosos y cuatro brazos que se mecían era demasiado para mi estómago.
Y si alguien con un amor de toda la vida por el repertorio para piano tiene este tipo de reacción, ¿qué sucedería con aquellos que llegan a la música clásica desde afuera? Piense en la gente joven e inteligente dispuesta a creer, llena de curiosidad y buenos pensamientos, e imagine con qué asombro y diversión deben de retirarse de tales escenas.
Ésta es otra razón por la que la música clásica no llega a más gente joven: no por cómo suena, sino por cómo se ve. Gimnastas como éstos promueven los sentimientos de los intérpretes, no los de Beethoven o Schumann. A la música se le pide que haga fila y espere su turno. Quizá los pianistas no confían en su propia habilidad para hacer música sin un poco de teatro para animar las veladas. Los elaborados movimientos de brazos y las miradas al cielo parecen haberse convertido en parte del programa de estudio en los conservatorios.
Estoy seguro de que algunos ven a la gente equivocada y la imitan. Sospecho que es cada vez más común que los intérpretes simplemente desean que todo el mundo sepa lo maravillosos que son, hasta las mismísimas puntas virtuosas de sus dedos. No faltan los malos ejemplos. Liszt evidentemente saltaba de un lado para otro cuando era un joven virtuoso en gira, pero se dice que se sentaba al piano cual piedra en las etapas posteriores de su vida. Glenn Gould, quien actuaba sus excentricidades musicales con gran donaire, se parecía a la música que componía.
Lo teatral hecho en toda seriedad puede, en las manos equivocadas, convertirse en comedia física.
Los maestros responsables deberían erradicar de sus estudiantes estos tipos de histrionismos, pero con demasiada frecuencia ellos mismos son quienes los cometen.
Y un mensaje para los egos más grandes: la interpretación con discreción no sacrifica la atención del público. No es ni humildad ni sumisión ni modestia.