Cary Grant tenía 62 años cuando se retiró del cine, tras decidir que era demasiado viejo para interpretar estelares románticos. Eso fue hace más de 40 años.
Hoy, en una cultura bendecida por el Botox, los esteroides, la cirugía plástica sofisticada y las técnicas de retoque digital, Sylvester Stallone puede interpretar, a los 61 años, al mismo héroe de acción hipertrofiado, John Rambo, que interpretó por primera vez en 1982.
El año pasado, Bruce Willis, entonces de 52 años, regresó a su papel como el siempre ingenioso detective de policía John McClane, para “Duro de matar 4.0”, el cuarto filme en la serie de “Duro de matar”, que comenzó en 1988. Y en mayo, Harrison Ford, de 65 años, regresará en “Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal”, la cuarta de una franquicia que inició en 1981 con “Cazadores del arca perdida”.
Si las estrellas de cine se niegan a envejecer, en parte se debe a que nosotros no se los permitimos. El ciclo de vida natural del primer actor ha sido alterado drásticamente.
Una de las muchas cualidades de “Río bravo”, western de 1959, es que sirve como la ilustración perfecta de las cuatro edades de la estrella de cine. Primero está el adulto joven rebelde (Ricky Nelson, como un pistolero fanfarrón) que evoluciona hasta convertirse en el profesional lleno de conflictos de mediana edad (Dean Martin, como el ayudante del alguacil con un problema de alcohol), quien se convierte en el confiable hombre experimentado (John Wayne,
como el alguacil auto suficiente), quien da paso al viejo adorable y gruñón (Walter Brennan como, pues, el viejo adorable y gruñón). Para las mujeres, el camino era más complicado y generalmente más corto, y sólo sobrevivían las fuertes, como Bette Davis y Barbara Stanwyck.
Peroestas carreras reflejaban una época de grupos demográficos diferentes, cuando las películas tenían un atractivo casi universal. Una vez que ese gran público comenzó a fragmentarse, con la llegada de la televisión y los nuevos medios de comunicación, los departamentos de marketing aprendieron a adaptar la producción a grupos objetivo reducidos, basados generalmente en edad y género.
Las estrellas que surgieron en los años 60 y a principios de los 70 —antes de que la televisión por cable, los videos caseros e Internet comenzaran a dividir al público en grupos demográficos diversificados— probablemente constituyan la última generación que llegue a la categoría de viejo adorable y gruñón con su popularidad más o menos intacta: Clint Eastwood (ahora de 77 años), Jack Nicholson (70), Al Pacino (67). Los rebeldes del Nuevo Hollywood se las han arreglado en gran medida para avanzar con los tiempos y de acuerdo a su edad.
Para las estrellas que aparecieron después del arribo de la televisión por cable y el video casero, las opciones son más reducidas. Muchos (como Eddie Murphy, Michael Keaton y Kevin Costner) ya no tienen la fuerza de taquilla con la que contaban en los años 80; los sobrevivientes son aquellos, como Stallone, Willis y Ford, vinculados estrechamente con una serie específica. La piel podrá envejecer, pero una franquicia es para siempre.
En términos de “Río bravo”, la cosecha actual de estrellas está dominada por Ricky Nelsons, una generación de estrellas con cara de bebé que incluye a Leonardo DiCaprio,
Brad Pitt, Matt Damon y Will Smith. Habrán madurado como artistas, pero parecen genéticamente incapaces de envejecer físicamente. Sí hay unos cuantos Dean Martins, como George Clooney, de 46 años,
Tom Hanks , de 51, y Russell Crowe. Pero de John Wayne y Walter Brennan, ni rastro.