George G. Mbugua es un ejecutivo de 42 años con dos autos, un clóset lleno de trajes y un buen empleo como director financiero de una compañía en crecimiento.
Tiene el estilo de vida de un profesional en cualquier parte del mundo. Recientemente se hizo miembro de un club campestre y ha empezado a jugar golf.
Pero a diferencia de otras partes, este ejecutivo tiene que mantenerse al pendiente durante el recorrido diario al trabajo de turbas que lanzan piedras. Cuando llega a casa después de un largo día, tiene que explicarles a sus hijas por qué personas de diferentes grupos étnicos se matan a machetazos. Incluso su propio vecindario acomodado ha sido afectado. Algunos de los vecinos de los Mbugua recientemente huyeron de sus casas de cinco recámaras debido a la violencia que ha estallado en Kenia, desde que una elección disputada, en diciembre, volteó de cabeza a este prometedor país africano.
“No hay nadie que no haya sido afectado”, expresó Mbugua.
De todos los conflictos que han estallado en Kenia relacionados con la elección —luos contra kikuyus (dos grandes grupos étnicos), el Movimiento Democrático Naranja contra el Partido de Unidad Nacional (los principales partidos políticos) ypolicías contra manifestantes— ninguno podría ser más crucial que la lucha entre quienes parecen no tener nada que perder, como las turbas en las barriadas que prenden fuego a sus propios vecindarios, y quienes están profundamente comprometidos con la estabilidad del país.
Se cree que la clase media bien establecida de Kenia es uno de los factores más importantes que separan a Kenia de otros países africanos que han sido consumidos por el conflicto étnico. Millones de kenianos se identifican tanto con lo que hacen o a dónde fueron a la universidad como con quiénes son sus ancestros. Han superado las diferencias étnicas, a veces al casarse con personas de etnias distintas, vivir en barrios mixtos y enviar a sus hijos a las mejores escuelas al alcance de su bolsillo, independientemente de quién más va allí.
El conflicto que se libra en el campo, donde hombres con rostros cubiertos de lodo y armas improvisadas cazan a personas de otras etnias, les parece tan ajeno a muchos de estos kenianos profesionales como podría parecerles a personas que viven a miles de kilómetros de distancia.
Pero los profesionales distan mucho de emprender la retirada. Tres veces por semana, un grupo de doctores, abogados, ex políticos, escritores, expertos en fauna silvestre, consultores empresariales y profesores se reúne en una sala de conferencias en el Hotel Serena, en Nairobi, la capital.
Se autodenominan Concerned Citizens for Peace (Ciudadanos preocupados por la paz), y han emprendido proyectos como recaudar dinero para personas desplazadas, organizar vigilias a la luz de las velas y hablar con el Secretario General Ban Ki-moon de la ONU, quien se reunió con líderes empresariales durante su viaje de emergencia a Kenia este mes.
El grupo comienza cada sesión al ponerse de pie, tomarse de las manos y cantar el himno nacional. Mbugua habló recientemente en una de esas reuniones sobre la importancia de la reconciliación en el lugar de trabajo.
En muchos países africanos destaca el contraste entre ricos y pobres, con millones de personas que trabajan arduamente en los campos y apenas sobreviven, mientras una minúscula élite posee toda la riqueza. Kenia es diferente.
James Shikwati, economista keniano, calcula que de la población de aproximadamente 37 millones de personas, alrededor de cuatro millones están en la clase media.
El número de kenianos inscritos en la universidad se ha más que duplicado en los últimos diez años.
Personas como Mbugua no quieren ver esfumarse sus sueños, como establecer una organización de planeación financiera en Kenia y viajar por el mundo.