domingo 17 de febrero del 2008 Columnistas

¿Lojano… lejano?

Cada vez que pretendí ir a Loja con mi auto, mis amigos me desanimaron: “La carretera es infame, vas a destruir tu coche”, hasta que decidí conocer a tan hermosa ciudad. Mientras zigzagueaba entre montañas me acompañaron versos de Eduardo Mora. Un viaje en tierra ecuatoriana es compendio de gastronomía, arte, literatura: “Que nuestro día sea azul, que yo te encuentre más allá de las angustias y las distancias”. Cielo cerúleo, cerros, mar de salmos, la radio a bordo reproducía música gregoriana. La carretera asfaltada lucía mucho mejor que la que nos lleva a Cuenca. Iba hacia Loja, tierra de poetas donde los más jovencitos albergan angustias de grandes. Cuando murió Carolina Patiño, conocí versos de Ana Minga, lojana por excelencia: “Solo cuando nos obligan a hablar nos asomamos por los ojos, la boca, las orejas, las manos”. Y de verdad me faltaban sentidos para absorberlo todo, como lo voy haciendo cada día: seres, árboles, plantas, animales, palabras, música. No faltó Carlos Eduardo Jaramillo cuyos versos dieron a mi vida solitaria la temida opción: “Para salvarse del sufrimiento, se abstuvo de amar, de cometer yerros”. Pero al llegar a mi destino sentí que palpitaba esta poesía en los ojos de todas las mujeres: “En esta ciudad la vida es como una hermosa muchacha que quiere ser amada”.

Loja se cobija dentro de un estuche de montes. Quien no la conoce siente Ecuador a medias. Me divertí como niño tomando fotos en el Parque Recreativo Jipiro (el diccionario me rechazó el uso de la palabra recreacional). En el Museo Puerta de la Ciudad, los dibujos de Manuel Serrano me fascinaron por su forma de animalizar a los humanos, humanizar a los animales, llegando a crear seres de otras dimensiones con la crueldad instintiva de Stornaiolo, los contrastes de luz y sombra que amaba Rembrandt. Almorcé en el Quo Vadis, pregunta latina que contesté en el mismo idioma al estampar mi firma en el libro de visitantes: “Quo vadis? Semper usque ad felicitatem quia dulce est desipere in loco” (“¿Dónde voy? Siempre rumbo a la felicidad porque es dulce tontear en el lugar adecuado”). Recordé desde luego la película Quo vadis?, creada en 1951, con Robert Taylor, Deborah Kerr, Peter Ustinov. Saboreé una botella entera de Beronia, vino romántico de La Rioja. En Vilcabamba me pegué una caída a la manera de Fidel Castro, no por haber bebido sino por ser torpe de nacimiento.

Loja: mujeres de piel blanca, ojos claros, árboles, temperatura que recuerda Europa. Vilcabamba, a media hora, tiene sorpresas mayúsculas como aquella hostería Madre Tierra metida en exuberante vegetación, paraíso rústico extraviado. Las cosas nacen cuando las contemplamos: “Porque te miro verdaderamente vives, porque te amo vives entre mi vida. Me respiras. Lo irreversible del amor es su pureza” (C. E. Jaramillo). Loja no se cuenta, se paladea. Es absurdo enjaular la ciudad en una columna. Si no se enamoran ustedes será porque perdieron el privilegio de despertar al niño que se les fue para siempre cuando decidieron convertirse en adultos ceñudos. Lo mismo había sentido en Cuenca, otra niña de mis ojos.
Columnistas

Diseño

© Copyright 2009. Compañia Anónima EL UNIVERSO. Todos los derechos reservados.