Los investigadores que estudian el cerebro saben que está lejos de ser un objeto inmutable. “Está cambiando constantemente”, dijo Giulio Tononi, psiquiatra en la Universidad de Wisconsin, en Madison.
Un área de cambio son las sinapsis, las conexiones entre neuronas, que son alteradas cuando el cerebro recibe estímulos. “Lo que sucede cuando uno está despierto es que produce un reforzamiento general de las sinapsis”, dijo Tononi. “Así es como se aprende”.
A la larga eso es insostenible, porque las sinapsis más fuertes necesitan más energía y material, y ambas tienen un límite de disponibilidad. Las sinapsis más fuertes también son más grandes, pero el cerebro no puede crecer en tamaño o densidad. “Si refuerza las sinapsis al aprender, pronto llegaría a un punto en que no podría aprender más”, dijo Tononi.
Así que Tononi y una colega, Chiara Cirelli, formularon la hipótesis de que las sinapsis se debilitan durante el sueño. La reducción es generalizada, así que las que han sido utilizadas (las involucradas en el aprendizaje) se mantienen más fuertes que las demás.
Tononi y Cirelli dicen que este debilitamiento es una labor crucial del sueño, porque el cerebro se recupera para el siguiente periodo de aprendizaje. Sus ideas se oponen a otra teoría, que los circuitos cerebrales que se activaron durante la vigilia se reactivan durante el sueño, consolidando el aprendizaje al reforzar estas sinapsis.
Ahora, los investigadores han presentado hallazgos experimentales en ratas que respaldan su hipótesis. En un documento en la revista Nature Neuroscience, muestran que las ratas tenían sinapsis más fuertes después de períodos de vigilia que después del sueño. Los resultados, dijo Tononi, sugieren que después del sueño “hay una ganancia en términos de energía, espacio y suministros, y ya está listo uno para aprender de nuevo”.
HENRY FOUNTAIN
Asocian riesgo con refresco
Los investigadores han encontrado una correlación entre beber soda de dieta y el síndrome metabólico: la colección de factores de riesgo para enfermedades cardiovasculares y diabetes que incluye obesidad abdominal, altos niveles de colesterol y glucosa en la sangre, y presión arterial elevada.
Los científicos recabaron información alimenticia de más de 9.500 hombres y mujeres de 45 a 64 años y estudiaron su salud durante nueve años.
En general, un patrón alimenticio occidental —alta ingestión de granos refinados, alimentos fritos y carne roja— fue asociado con un incremento del 18 por ciento en el riesgo para el síndrome metabólico, mientras que una dieta “prudente”, dominada por frutas, verduras, pescado y pollo, no fue correlacionada ni con un riesgo alto o bajo.
El riesgo de desarrollar síndrome metabólico era un 34 por ciento más alto entre quienes bebían una lata de refresco de dieta al día comparado con quienes no consumían ninguna.
“Esto es interesante”, dijo Lyn M. Steffen, profesora asociada de epidemiología en la Universidad de Minnesota, en Minneapolis, y coautora del artículo, publicado en Internet en la revista Circulation.
NICHOLAS BAKALAR
Edad y toma de decisiones
Para el timador particularmente poco escrupuloso, las personas de la tercera edad son un blanco tentador. Ahora, los investigadores han confirmado en el laboratorio lo que ya sabían los defraudadores: a medida que envejecen, hasta las personas que parecen en control de las cosas podrían tener problemas para tomar buenas decisiones.
Los investigadores basaron sus hallazgos en pruebas aplicadas a dos grupos de personas saludables, uno de 26 a 55 años, el otro de 56 a 85 años. El objetivo era ver qué tan bien utilizaban los voluntarios de más edad las habilidades que a menudo se les exigen cuando toman decisiones en la vida real sobre actividades como inversiones, seguros y planeación patrimonial.
“Tales decisiones serían un desafío incluso para los adultos jóvenes”, apuntaron los investigadores en la revista Anales de la Academia de Ciencias de Nueva York.
Incluso alguien con alto intelecto y buena memoria, agregó el estudio, podría sufrir cambios en la parte prefrontal del cerebro que afecta el comportamiento.
Los investigadores, dirigidos por Natalie L. Denburg de la Universidad de Iowa, usaron un test tipo apuestas en el que las personas sacan barajas de cuatro mazos de cartas diferentes.
Dos mazos son malos, pues dan recompensas a corto plazo, pero pérdidas a largo plazo. Los otros dos mazos hacen lo contrario. La mayoría de la gente primero saca muchas cartas de los mazos malos y luego cambia. En el estudio, muchos de los participantes ancianos siguieron con los mazos malos.
ERIC NAGOURNEY